Es  como si toda la vida quisiera entrar en mis cuadernos de notas…

No podría decir cuántos he tenido en mi prolongada travesía por la palabra escrita. Mis preferidos son los de tapas negras y hojas amarillas sin líneas.

Una página en blanco es una tentación, la seducción del lenguaje que siempre busca revivir, revivirse.

Puede ser el principio y el fin de una idea, un cuento, un poema, una anécdota. La crónica de una decepción. El asombro de un recuerdo. La inocencia de una imagen que se desdibuja en el tiempo.

Hoy, como tres veces por semana, es necesario contar una historia, mencionar un hecho, describir un sentimiento.

Por ejemplo, digamos…

El día que me gradué del colegio secundario tuve que pedirle a un tío de mi compañero Alejandro que subiera conmigo al estrado para sacarse la foto de la entrega del diploma por la ausencia de mis padres que ese día “no podían faltar a la iglesia”.

Vania no podía creer que nunca me habían celebrado un cumpleaños y como ese día era también el suyo me invitó a su fiesta para soplar las velitas de la torta. Ella cumplía 15 y yo 18.

La mañana de un lunes en la escuela la señorita Ruth me hizo recitar: “¡Ay!, juguemos hijo mío a la reina con el rey. Este verde campo es tuyo, ¿de quién más podría ser?

El minuto atroz cuando mi jefa, la señora Lucy, me anunció crudamente en la oficina: “Llamaron de tu casa para avisar que tu tío Carlos está muerto”. Habíamos quedado con él de juntarnos ese día a la tarde en la esquina del Banco del Estado.

O cuando me casé en la iglesia con siete parejas más al mismo tiempo en una ceremonia que duraba exactamente cuatro minutos y todo terminaba antes de que te dieras cuenta, lo mismo que treinta y dos años después, pero esta vez sin ceremonias ni celebraciones.

“Todo lo que termina, termina mal”, dice don Andrés Calamaro. Tal vez no, pero es difícil recordar algo que haya terminado bonito, sean amistades, negocios, matrimonios, sueños comunes.

Uno sueña con una vida eterna después de ésta, aunque como es un misterio a veces es difícil animarse con la idea.

En fin, son cosas que encuentro en este viejo cuaderno de notas…

ARTICULOS RELACIONADOS

1 Comentario

  1. Rosy Fihner

    ¡Ay! Duele leer sus notas! Rara vez no es doloroso lo que escribimos, quienes tenemos a las letras como las mejores amigas. No son humanas, pero tienen el poder de ordenar los pensamientos y ayudarnos a expresar lo que hay adentro, ante nuestro Creador.

    Lo que dice me asombra, y a la vez me parece extraño que nunca me deje de sorprender la capacidad que tiene el humano de hacer daño, justo a los que deberíamos hacer bien. Lastimamos sin querer y sin pensar, incluso a los propios hijos. Lo bueno es que Dios sí es misericordioso y sabe tornar en bien nuestras torpezas. Quiera Él ayudarnos a ser para los que nos rodean el bálsamo que calme el dolor, y las manos que ayuden con hechos a mostrarles Su gran amor. Bendiciones hermano, siempre un gusto leerlo!

Dejar una respuesta

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.