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Durante mi visita a Israel, uno de los puntos más llamativos e históricos fue el Muro de los Lamentos. Un punto geográfico con mucha demanda y con una riqueza cultural que no se puede medir del todo ya que acceso a nuevas excavaciones que podrían revelar tesoros arqueológicos no son permitidas en estos momentos.

De poderse, pienso que descubriríamos los cimientos del templo destruido cientos de años atrás.

Y desde la vieja ciudad de Jerusalén, pasamos al Jardín de la Tumba ubicada al norte de la puerta de damasco. Este Jardín fue desenterrado en el año 1891 después de confirmarse su posición respeto a las murallas de la ciudad y aún más importante su cercanía a una roca en la que se figura la imagen de una calavera, tal como describen las escrituras.

“El Jardín de la tumba” como se le llama, se diferencia de la iglesia del Santo Sepulcro construida por la reina Helena, madre del emperador Constantino en el 326 AC en que consta de un huerto, y una cisterna con una capacidad para guardar miles de galones de agua. A su vez el Jardín muestra un sepulcro que tiene un “tope de puerta” para la roca mucho mas grande que cubría la entrada de la tumba vacía.

Estas peculiaridades añaden valor a la idea de que este fue efectivamente el lugar donde sepultaron a Jesús y de donde posteriormente resucitó.

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