Crisis de Coronavirus

Por tratarse de un tema de salud pública y de alto interés informativo, como servicio a los usuarios, CVCLAVOZ ha decidido habilitar este espacio con toda la información más relevante en cuanto a la pandemia del coronavirus.

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Tiempo de lectura: 2 minutos

Carlos  era un hombre de de 80 años,  su cabello blanco como la nieve. Su cuerpo un poco  encorvado y sus manos lucían temblorosas. Fácilmente se podía apreciar en su rostro las huellas inequívocas del paso del tiempo.

Luego de haber perdido a su compañera de toda la vida, decidió irse a vivir a la casa de su hija y así compartir mas tiempo con sus dos nietos.

Carlos ya no controlaba bien sus movimientos por lo que frecuentemente se le caían las cosas de la mano.  Esto le trajo muchos disgustos con su hija, quien le pedía y a veces acaloradamente que tuviera mas cuidado.

Durante un almuerzo, Carlos dejó caer un plato del juego de porcelana fina, ese que se guarda solo para las grandes ocasiones. Su hija estalló en ira y decidió que de ahora en más, le daría platos de plástico, ya que no era capaz de cuidar los buenos.  Con mucha tristeza, Carlos comprendió que estaba causando muchas molestias a la familia y al no poder irse a vivir a otro lado, decidió poner cierta distancia.  Cada día comía en absoluta soledad, en una mesa aparte y con su vajilla de plástico.

Uno de sus nietos le preguntó a su mamá: ¿por que el abuelo come solo en la cocina? La madre le respondió: él ya está muy viejo, come allí para no molestar. El niño volvió a preguntar: ¿cuando ustedes sean viejos, van a comer solos en la cocina?

 Los padres se miraron por un momento y en dicho instante comprendieron el mal ejemplo que le estaban dando a sus hijos. Carmen siguió pensando en esto y vinieron a su mente, recuerdos de su infancia. Cuantas cosas de la casa, ella había roto, sin embargo su padre y a pesar de sus errores, siempre mostraba una actitud paciente y comprensiva.  Carmen, entendió que la relación con su padre, valía mucho mas que un plato de porcelana fina.  Entonces no esperó mas, fue a buscar, lo abrazó y desde ese día, su papá siempre compartió su mesa.

Quizás solo te parezca una historia, y es verdad eso es, pero a veces se parece a la realidad de algunas familias.

Cuantas veces olvidamos lo que nuestros padres hicieron por nosotros cuando dependíamos de ellos para todo. Pero ahora en que los roles se han intercambiado, les hacemos sentir que molestan, perdemos la paciencia con facilidad y hasta nos burlamos de las historias que una y otra vez nos cuentan.  No queremos pasar tiempo con ellos, porque nos aburren o nos molestan.

Sin embargo, Dios nos exhorta a honrar padre y madre. Él valora el honrar a los padres, lo suficiente como para incluirlo dentro de los 10 Mandamientos (Éxodo 20:12) y nuevamente en el Nuevo Testamento: “Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres, porque esto es justo. Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa, para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra.” Efesios 6:1-3

No esperes a que tus padres dejen de existir en este mundo, porque por más lágrimas que derrames ya no podrás abrazarlos más, ya no podrás escuchar más las historias que ellos querían contarte. Si tus padres están vivos búscalos, abrázalos diles cuanto los amas y pasa más tiempo con ellos, porque no sabes cuando ya no estarán más contigo.

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

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