Mientras viajaba en el bus de regreso a mi casa, vi por la ventana algo que llamó mi atención. Un hombre invidente estaba parado en una esquina; cuando de pronto, un hombre sucio, vestido con harapos y sin zapatos, corrió hacia él. Al verlo precipitarse con tal urgencia, lo primero que pensé es que tenía la intención de robar el maletín que llevaba el hombre invidente. Pero para mi sorpresa, el hombre tomó del brazo al invidente y le ayudó a cruzar la calle.
Una vez que el bus comenzó a avanzar, me sentí sumamente apenada por haber sido tan presta a juzgar a un hombre por su apariencia.

Al igual que yo, ¿alguna vez has juzgado a alguien por su vestimenta, su forma de hablar, su manera de caminar, o alguna otra peculiaridad? Es fácil caer en ese error porque nuestros ojos pueden ser tan engañosos como nuestro corazón (Mateo 6:22). No obstante, el problema se hace aún más grande cuando dejamos que nuestro mal juicio guíe nuestras acciones postreras. En muchas ocasiones, nuestra prontitud para juzgar nos ha impedido establecer relaciones con personas que valen la pena conocer.

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Si nuestro valor no radica en nuestro exterior, ¿entonces por qué creemos lo contrario?

Recordemos que no todos los héroes usan zapatos. Aprendamos a ver a los demás con amor, así como Dios lo hace con nosotros, y seremos juzgados así como lo hacemos con otros (Juan 7:24).

 

Este artículo fue producido para Radio Cristiana CVCLAVOZ.

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