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Una de las más grande angustias que experimentamos junto con mi esposo es cuando mi hija enferma.  Ella normalmente es inquieta, alegre y juguetona, pero cuando está afectada por algún mal, está decaída, indefensa y con el semblante bajo y eso es lo que me duele más. Las horas que pasamos atendiéndola se hacen eternas, más cuando no vemos respuesta del tratamiento médico, pero todo cambia cuando empieza a mejorar y ver nuevamente su sonrisa nos llena el corazón de alegría y paz.

Los padres entienden que la salud de los hijos es muy importante. Así también nuestro Padre Celestial se preocupa cuando sus hijos enferman, pero no sólo de una enfermedad física, sino la espiritual, la que el pecado provoca porque ésta podría llevar a muerte eterna si no es curada a tiempo.

“Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.” Romanos 6:23

Si nos negamos a reconocer que estamos enfermos el pecado irá afectando todo nuestro ser. El rey David lo describió de esta manera: “Mientras callé [su pecado], se envejecieron mis huesos En mi gemir todo el día. Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano; Se volvió mi verdor en sequedades de verano. Selah” Salmos 32:3-4 (RVR1960)

En cambio, si somos humildes y reconocemos nuestro error, perdón y sanidad nos esperan: “Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; Y tú perdonaste la maldad de mi pecado. Selah” Salmos 32:5

Tu Padre no quiere que cargues con el peso del pecado, ponte a cuentas con Él y sigue creciendo en la fe para que alcances lo que tiene para ti.

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Artículo producido para Radio Cristiana CVCLAVOZ.

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