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Tiempo de lectura: 3 minutos

Cuando oramos siempre esperamos una respuesta, por lo cual resulta decepcionante cuando parece como si Dios no nos escucha o está en silencio. Sin embargo, no porque no obtengamos lo que pedimos significa que Dios no nos atiende. En lugar de sacar conclusiones precipitadas o de darnos por vencidos en la oración, reflexionemos sobre algunos aspectos que debemos tener en cuenta:

1. No sabes pedir.

Que oremos no significa que lo hagamos bien. Podemos cometer errores al orar, los cuales se convierten en un gran impedimento en nuestra comunicación con Dios. Si no sabemos pedir, es ilógico esperar que haya alguna respuesta de Dios. Esto no quiere decir que Él no nos escuche, sino que quiere darnos la oportunidad de corregir esas fallas al orar y podamos aprender a hacerlo de una mejor manera. Antes de precipitarte y pensar que Dios no te escucha o responde, primero evalúa si estás orando correctamente.

2. No conoces a Dios.

Para muchos, la oración es un conjunto de simples palabras que se dicen en voz alta y que no van dirigidas a nadie en específico. Frases como «¡Ayúdame, Dios!», o «Quiero que todo me me vaya bien hoy. Amén», son palabras que bien pueden ser dichas como una expresión, o pueden ser parte de una conversación con uno mismo; sin embargo, a veces las personas las consideran como oraciones a Dios. El problema con este pensamiento es que se le da mayor importancia a lo que se quiere y se deja de lado al ser al cual va dirigido. Es decir, pesa más nuestros requerimientos que Dios mismo.

La oración no se trata de solo pedir, sino de conocer a Dios y a descubrir quiénes somos en Él. Si no conocemos a nuestro Señor, ¿cómo esperamos obtener una respuesta suya? Dios sabe todo lo que hacemos, cada pensamiento, cada palabra incluso antes que la pronunciemos, y pese a todo, no se entromete en conversaciones que no van dirigidas hacia Él. Así que no se trata de que Dios no te responde, sino de que tú no lo conoces y, por lo tanto, tus oraciones no van a Él.

3. No es lo mejor para ti.

Tal vez estés orando con mucho fervor y pidiendo por algo que crees que sería beneficioso para ti; sin embargo, nuestros pensamientos no son como los de Dios. Isaías 55:8-9 (TLA) dice: «Dios dijo: «Yo no pienso como piensan ustedes ni actúo como ustedes actúan. Mis pensamientos y mis acciones están muy por encima de lo que ustedes piensan y hacen: ¡están más altos que los cielos! Les juro que así es».» Incluso cuando podemos pensar que nuestras peticiones van acorde a la voluntad de Dios, es Él quien determina el proceder de las cosas y sabe qué es lo que mejor nos conviene. Como seres humanos muchas veces nos enfocamos más en obtener satisfacción automática mas no pensamos en el futuro. En cambio, Dios conoce el pasado, el presente y el futuro; y si no responde a las oraciones de la forma que esperamos es porque sabe que no es lo mejor para nosotros. Debemos aprender a confiar en su sabiduría y dejar que Él decida nuestro porvenir.

4. No es el tiempo correcto.

Tener fe en el poder de Dios implica confiar en su tiempo. Nuestras peticiones pueden estar dentro del plan de Dios, pero quizás ahora no sea el momento adecuado para que se cumplan. Eclesiastés 3:11 (PDT) dice: «Todo sucede a su debido tiempo. Sin embargo, Dios puso en la mente humana la habilidad de entender el paso del tiempo, aunque nadie alcanza a comprender la obra de Dios desde el principio hasta el fin.» Por lo tanto, debemos ser pacientes en la espera y no dejar de orar. Las cosas buenas que suceden en el tiempo incorrecto pueden convertirse en negativas y hasta perjudiciales. Es por eso que la mejor decisión que podemos tomar es perseverar hasta que Dios nos indique el momento indicado.

 
 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido para radio cristiana CVCLAVOZ.

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