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Tiempo de lectura: 2 minutos

Un alpinista, desesperado por conquistar una altísima montaña, inició su travesía después de años de preparación, decidió hacerlo solo. Su afán por subir lo llevó a continuar cuando ya no se podía ver absolutamente nada. Todo era negro, cero visibilidad, la luna y las estrellas estaban cubiertas por las nubes.

Subiendo por un acantilado, a solo unos pocos metros de la cima, se resbaló y se desplomó por el aire. El alpinista solo podía sentir la terrible sensación de la caída en medio de la total oscuridad. En esos angustiantes momentos, le pasaron por su mente todos los episodios gratos y no tan gratos de su vida. De repente, sintió el fortísimo tirón de la larga soga que lo amarraba de la cintura a las estacas clavadas en la roca de la montaña.

En ese momento de quietud, suspendido en el aire, no le quedó más que gritar: ¡AYÚDAME DIOS MIO!

De repente, Dios le contesto;

– ¿Hijo escuche tu voz?

– Si, Sálvame Dios mío.

– Bien hijo, solo suéltate de la cuerda…

Aquel alpinista, aterrorizado, se aferró más aún a la cuerda.

Al siguiente día el equipo de rescate encontró al alpinista muerto, colgado de la soga… A TAN SOLO DOS METROS DEL SUELO

Esta historia nos demuestra como los temores nos afectan a todos y nos dejan sintiéndonos vulnerables e incompletos.  En ocasiones arruinan relaciones, carreras y en el caso del Alpinista su temor le costó la vida.

El temor es todo lo contrario a la fe.  Según el diccionario Word Reference online temor es un sentimiento de inquietud y miedo que provoca la necesidad de huir ante alguna persona o cosa, evitarla o rechazarla por considerarla peligrosa o perjudicial.  La Real Academia Española lo define como  pasión del ánimo, que hace huir o rehusar aquello que se considera dañoso, arriesgado o peligroso, recelo de un daño futuro.

En ambas definiciones vemos que el temor es un sentimiento, en otras palabras es una emoción y como tal tenemos dominio de ella.  La palabra de Dios nos dice que Él no nos ha dado un espíritu de temor, sino de poder, de amor y de dominio propio (2 Timoteo 1:7).  Si confiamos que Dios tiene cuidado de nosotros como establece su palabra, sabemos que él no nos guiará a algo perjudicial. Por el contrario, nos guiará por sendas de justicia, por amor a su nombre (Salmo 23:3).  Podemos confiar, cortar la soga que nos ata y dejarnos caer en sus cuidadosas manos.  Es posible que lo tengas que hacer aún sintiendo temor pero lo harás, no te detendrás por un sentimiento.

Al final de la jornada recuerda que de los cobardes no se ha escrito nada, pero de los valientes sí.

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

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