Crisis de Coronavirus

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El amor por los libros en mi vida no una pose. He leído literalmente un par de miles en todos mis años. No lo digo en modo alguno por jactarme, aunque lo parezca. Y si les parece que me jacto, eso sería un problema para ustedes, no para mí.

Hay infinidad de razones por las que estoy agradecido de los libros y detallaré aquí algunas. A propósito, estoy terminando de dar un breve ciclo sobre lectura en una escuela virtual que conduzco con estudiantes de Bolivia. A ellos dedico estas líneas.

Puerta de entrada a otros mundos

Crecí en una familia y en una época en la cual viajar a otras partes del país era algo bastante improbable. Y claro, muchísimo más improbable visitar otros países.

El tío Carlos me enseñó a leer a los cinco años, antes de ir a la escuela. Desde entonces, y por mucho tiempo, con mano sabia y gentil, me fue proveyendo de lecturas apropiadas para mis años.

Gracias a eso, visité el mundo árabe de la manos de Las mil y una noches, Malasia con Emilio Salgari, el oeste estadounidense del siglo XIX con Thomas Mayne Reid, la Antártica con Ernest Shackleton.

Visité las brumosas calles de Londres con Sherlock Holmes, un pueblo imaginario de México con Pedro Páramo, la estepa rusa con Miguel Strogoff, las alturas de Machu Picchu con Pablo Neruda, París con Ilusiones perdidas de Balzac.

Mucho más, por cierto. El amor por los libros me otorgó un pasaporte universal.

Un acicate formidable para la imaginación

No sé si he podido transmitir la idea adecuadamente cuando sostengo el siguiente argumento. Uno de los poderes formidables de la lectura es hacer trabajar la imaginación. Obliga al cerebro a construir redes neuronales absolutamente nuevas porque no se nutren de la imagen de una pantalla o una fotografía, sino por palabras que describen cosas.

Balzac describe casas, personas, pueblos y costumbres sociales de una manera magistral y extensa. La descripción de la casa de Eugenia Grandet consume tres o cuatro páginas. Mientras sigo los recovecos de su descripción, mi mente construye su propia interpretación.

Ninguna imagen puede hacer eso. La imagen, en ese sentido, te da todo. Tal vez se pueda elaborar algún trabajo posterior, pero la magia de imaginar ya quedó truncada en la vista. El amor por los libros me ha regalado ese don inefable.

El mundo y la vida a través de una experiencia literaria

Así tituló el chileno Benjamín Subercaseaux un maravilloso libro que leí una vez y que gracias a estos nuevos servicios de ventas por internet voy a volver a gozar. Lo recuerdo con cariño inmenso porque describía lo que el amor por los libros ha hecho por mí: me ha permitido explorar el mundo y la vida. 

He visto seres amándose, culturas en conflicto, esperanzas demenciales y la desesperación más absoluta. He conocido seres que nunca pudieron tomar la decisión correcta y fracasaron, y otros que acertaron y triunfaron. He visto el asesinato, el amor más profundo y la bondad más asombrosa. He intentado comprender la mente humana y pensar qué hubiera hecho yo si me hubiera encontrado en situaciones similares.

En suma, el amor por los libros me ha enseñado. Ha ampliado mi visión. Me ha educado, mucho más allá de la sala de clases.


El siguiente crédito, por obligación, se requiere para su uso por otras fuentes: Artículo producido para radio cristiana CVCLAVOZ.

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