Crisis de Coronavirus

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En la actualidad, el trabajo intelectual es quizá el quehacer más abandonado. Podría decirse, más bien, olvidado. Despreciado. Es asombroso cómo ha sido reemplazado por la imagen, por el vértigo de la velocidad. Pero sobre todo, reemplazado por la superficialidad y la tontera masiva. Esta es la deuda impagable que tiene internet con nosotros.

Esta sombría entrada caracteriza mi desazón, mi pesimismo respecto de la generación que me precede, ésta y las que vienen. Impera la mirada liviana, el apuro de las definiciones, el horror al pensamiento crítico y a la lectura.

No parece haber punto de retorno. Por ahí en la librería me dice la dueña: “¿Sabe?, los jóvenes están leyendo…” ¡Si supieran cuán ínfima es la cantidad de noveles lectores! El trabajo intelectual que implica la lectura seria e intencionada es un oficio de tal vez menos del 1% de la humanidad. 

¿A qué viene este pesimismo?

Viene a exponer en esta columna la continua y creciente destrucción del entendimiento. ¿Y qué es lo que lo ha reemplazado? Por sensaciones, imágenes vertiginosas, me gusta, etiquétame, mírame. Eso es lo que resume el ejercicio mental de nuestra generación.

Así, encontramos una generación que replica hasta la náusea las mentiras y las estupideces virtuales, convirtiendo la realidad en un pasatiempo, una diversión eterna de jóvenes y viejos juntamente. Repiten la letanía de las consignas sabidas de memoria, los estereotipos y la obligada corrección política sobre cada materia de la vida.

El trabajo intelectual: ¿ocaso o muerte?

La única razón que hace posible pensar que es el ocaso y no la muerte es que las élites, para ser élites, necesitan el trabajo intelectual. Por ejemplo, los señores de internet, los dueños de los grandes medios de comunicación, la comunidad científica y cultural, los verdaderos dueños del poder político, son gente que lo ha pensado bien.

Estas personas o han leído mucho o han practicado el costoso arte de comprender e interpretar rigurosamente la realidad, o ambos. Semejante oficio les ha permitido controlar la mente colectiva, el poder político, la economía y las finanzas, la aborregada cultura de masas.

Al contrario, el resto de la humanidad se mueve en el marasmo de la superficialidad. Son dócil rebaño de lo que otros ordenan. Son espectadores del circo y consumidores del pan del Coliseo virtual, regalos que satisfacen el vientre y embotan la mente.

Por eso, todavía me asombra que haya gente que se pregunte por qué las cosas están como están. Están así porque nadie quiere pensar seriamente. Porque han abandonado, para su más profundo y definitivo perjuicio, el trabajo intelectual.


El siguiente crédito, por obligación, se requiere para su uso por otras fuentes: Artículo producido para radio cristiana CVCLAVOZ.

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