Crisis de Coronavirus

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La desaparición de la muerte de nuestro horizonte de experiencia inmediato hará que estemos mucho más aterrorizados cuando el momento se aproxime, ante ese acontecimiento que aun así nos pertenece desde nuestro nacimiento, y con el cual el hombre sabio llega a pactos durante su vida.
¿Dónde ha ido la muerte?

Umberto Eco

Nuestra cultura vive horrorizada ante la idea de la muerte. Se la ve como algo ajeno, extraño a la naturaleza de las cosas. La publicidad, la música, la farándula, la iglesia, entre otras, contribuyen a ese horror con su discurso.

El legítimo derecho a la búsqueda de la felicidad es sostenido en la Constitución de los Estados Unidos (es significativo que cuando esas palabras fueron escritas la expectativa de vida en ese tiempo era de 30 a 40 años).

Las películas y las series de televisión han estilizado la realidad de la muerte de una manera yo diría perversa. Nos muestra asesinatos, sangre, cuerpos destrozados y masacres mientras consumimos papitas fritas y gaseosas sentados cómodamente en nuestra sala. Cada diez o quince minutos la publicidad interrumpe la emisión para mostrarnos autos caros, seguros de vida, comida y ropa.

El mensaje es simple: Sí, la muerte existe, pero está muy lejos de ti: come, bebe, regocíjate. Si esto no es perverso, no sé qué lo es.

Hasta tiempos no muy lejanos, cuando alguien moría, ocurrían ciertos hechos que evidenciaban la conciencia del inequívoco límite de la existencia: el velatorio, los temperados discursos, el camino hacia el cementerio, las escenas finales, el dolor.

Hoy existe una verdadera industria ocupada de suavizarnos la imagen del deterioro y de la muerte de nuestros ancianos padres o familiares. Hogares de ancianos, clínicas especializadas, funerales asépticos, breves e impecables. Bueno, al menos para quienes tienen plata. Los pobres nada más tienen que hacerse cargo de la precariedad en que les encuentra el fin.

Creo que ese horror a la realidad de la muerte nos impide, como expresa Umberto Eco, adquirir la sabiduría que naturalmente surge de la fragilidad. Sólo ante la levedad de las cosas es que sabemos apreciar lo verdaderamente importante en la vida. Las personas, las relaciones auténticas, la belleza del mundo creado, la solidaridad y la compasión. El amor, en definitiva.

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