Crisis de Coronavirus

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Se reían de mí mis hermanos: “Tengo pena de San José” repetían en modo burla para avergonzarme. Y lo conseguían.

Siempre me ponía triste al fin de las vacaciones de verano en San José de Maipo, o Villarrica o Retiro.

Fui sensible al recuerdo de las horas felices desde que tengo memoria; era el abrazo sutil de la nostalgia

Tenía esa idea obsesiva de que lo bello nunca regresaría. Por eso había que disfrutarlo tanto y sentir profundamente el dolor cuando acabara.

Hace un tiempo tuve una sensación aterradora: no podía recordar nuevos momentos felices.

¿Había perdido la capacidad de gozar el instante? ¿Debía conformarme a la trayectoria plana y gris del tiempo?

Me di cuenta luego de que no había perdido nada. Solo era que había permitido que el oficio de la responsabilidad y del deber ahogaran la pasión.

No pienso mal de la responsabilidad y el deber. Sólo era que estaba más preocupado de la productividad que de la alegría.

El goce de los instantes maravillosos es una prueba definitiva de nuestra humanidad y hay que otorgarle el debido lugar.

Una vez escribí que la nostalgia es el lado consciente de la alegría. Prepara al espíritu para el tiempo del dolor.

Recordé lo que dice el Predicador: “Mejor es el pesar que la risa; porque con la tristeza del rostro se enmendará el corazón” (Eclesiastés 7:3)

Solía suponer que la nostalgia emergía como expresión del nunca más: “tiempos que nunca volverán”.

Pero luego comencé a pensar que en la vida siguiente podremos construir nuevas memorias y recordar las antiguas.

Y en esa esfera, como ha dicho una vez Jesús, la tristeza se convertirá en gozo porque entenderemos su valor.

Vivimos en una era que sobrevalora la alegría y considera el dolor como si fuera algo indeseable y feo.

Por eso tienen tanto éxito los libros de autoayuda y los devocionales inspirados. La pena causa horror.

Pero la vida se compone de alegría y tristeza. Y de la reflexión equilibrada y profunda sobre ambas surge la sabiduría.

Este es el delicado equilibrio que nos debe mantener a salvo de la locura de esta generación.

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