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Tiempo de lectura: 2 minutos

Pienso continuamente en que tenemos preguntas que esperan una respuesta y respecto de las cuales parece no haber satisfacción. Irónicamente, nos someten a respuestas que no buscamos necesariamente.

¿Cuáles son las preguntas qué esperan una respuesta?

No caben en este pequeño espacio. Son preguntas que abarcan el universo, el origen de todas las cosas, la eternidad, la cuestión del mal, entre muchas otras.

Pero, dirás: “Ya nos han respondido a todo eso. Recuerda la enseñanza.” Sí, pero no nos permiten preguntar. Ni mucho menos dudar: “El que duda, ya sabes…”, te recuerdan.

Por eso es que exploramos esos temas en conversaciones de pasillos, o compartiendo la mesa con las amigas y amigos de la comunidad, fuera del edificio.

Para muestra, unos botones

¿Por qué, cuando dejas una comunidad, por las razones que sea, las personas que eran tus grandes amigos y hermanos te borran de su agenda y sus afectos?

¿Cómo se explica la desproporción que hay en portarse bien cuarenta años y disfrutar de una recompensa eterna? Lo mismo, al contrario: ¿Haberse portado mal los mismos cuarenta años y sufrir un fuego y una tragedia sin fin?

Muchas preguntas que esperan una respuesta

¿Y qué decir sobre querer leer otros libros, escuchar otra música, ocuparnos de los asuntos públicos, participar políticamente, ser actores sociales? ¿Eso eso no puede ser ministerio? ¿No se puede ser ministro de Dios en esos campos?

¿Es efectivo que a la autoridad no se la puede cuestionar, investigar, interpelar? ¿Por qué es impropio exigirle que rinda cuentas de las responsabilidades que le competen?

¿Por qué quienes no piensan como nosotros o eligen otros rumbos para su vida son «perdidos, adversarios, condenados»? ¿O es que nos complace desterrarlos de nuestro afecto y de nuestro universo feliz?

“Usted no pregunte, hijo. Crea no más”

Así solía responderme mi madre cuando, por ahí por los siete u ocho años, yo le endilgaba preguntas de esta especie. “No se complique la vida, mi niño.” Pero sucede que me la complico igual.

No acepto, no puedo aceptar, que las cosas se hayan congelado el siglo I, el siglo IV, el siglo XIII o el XVI (fechas fundamentales para la formación de nuestras materias de aprendizaje).

Seguramente muchos y muchas de ustedes querrán enviarme sus magníficas respuestas a estas cuestiones. Sólo temo que sean las mismas que he escuchado desde que empecé a preguntar

Los anhelos de mi mamita eran para mi bien. Ella no quería que sufriera por preguntas que esperan una respuesta. Así que, al parecer, deberán seguir esperando.


El siguiente crédito, por obligación, se requiere para su uso por otras fuentes: Artículo producido para radio cristiana CVCLAVOZ.

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