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Tiempo de lectura: 2 minutos

Las cosas escritas a continuación son registros personales de ayer y de hoy. La mayoría fue escrita hace muchos años, pero conserva una notable actualidad. La vida, pienso a veces, no es lineal. Va y vuelve, se revisita a sí misma, recupera cosas viejas y estrena asuntos nuevos. Para mí, ése es su principal atractivo. Nunca es aburrida.

Palabras, esperanzas, libros y conocimiento

Hay palabras que deberían decirse, pero se callan. Porque no serán entendidas. serán malinterpretadas o levantarán argumentos interminables. También pueden ser usadas en tu contra. O caerán en un vacío innombrable y triste.

Las esperanzas tenían forma y tiempo, textura y color. Aunque no avergüenzan y son lo último que se pierde, igual no cristalizan.

Los libros leídos conforman un intrincado universo interno y sirven únicamente para sentir con mayor intensidad el dolor de las cosas. En ellos se advierte la inutilidad de los grandes principios y la pobreza de los proyectos.

El conocimiento que no ocupa lugar pero que en realidad transita por las neuronas y la conciencia. A veces como liberación y a veces como castigo intangible.

La soledad, el viaje y la poesía

La soledad, hay días que es buena y hay noches que es mala. Se aprende a la fuerza o se elige. A veces es mejor y hace que las cosas funcionen bien por algunas horas o algunos días.

El viaje abre puertas magníficas a otros mundos. A veces se reduce a la incómoda estrechez de un avión y otras a la mala ventilación de un colectivo a las tres de la mañana.

El poema, o más bien la prosa poética, solía escalar todas las alturas y recogía en sí todas las emociones del ser. Y, sin embargo, de pronto deviene ceniza, eco petrificado, crónica estéril de la vida que pasó. Esa vida que transcurrió y uno apenas se dio cuenta y cuando quiso arrebatarla se había convertido en pasado tenaz, insoportable espejismo.

Como se ve, estos registros personales de ayer y de hoy todavía sorprenden y abrazan el alma.

Finalmente, el cuerpo y la cotidianidad imprescindible

El cuerpo. Antes, magnífico vehículo para acudir a todas las cosas. Brújula precisa para emprender el vertiginoso viaje de la vida, activo compañero de deseos y experiencias singulares.

Ahora, modesto reflejo de las cosas que fueron y nunca más serán. Se convirtió en un gastado reservorio de imágenes, aromas, texturas y sonidos ausentes. Devino receptáculo ahora intolerante a lo que antes fue sagrado placer y hartazgo.

Tanto aprendido, muchas cosas vistas, viajes innumerables y libros sin fin. La cotidianidad, a fuerza de rutinas y trajines predecibles reduce todo a unas pocas cosas: el diario del domingo, la película de las once, el café con leche y las tostadas, la pereza para iniciar el día. Y cada vez más, la acuciante pregunta: “¿Cuánto quedará…?”

Y así van estos registros personales de ayer y de hoy…


El siguiente crédito, por obligación, se requiere para su uso por otras fuentes: Artículo producido para radio cristiana CVCLAVOZ.

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