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El león sordo

Hubo un misionero que junto con explorar la selva en busca de almas por salvar tocaba la flauta traversa maravillosamente. Todas las tardes se sentaba bajo una gran acacia y arrancaba de su instrumento las notas más dulces.

Con el tiempo los animales, incluso los salvajes, se sentaban a su alrededor para oír en silencio la interpretación a la que se habían acostumbrado. Una de aquellas tardes, en medio del concierto, salió de la espesura un enorme león y sin mediar rugido alguno se lanzó sobre el desprevenido ejecutante y dio cuenta de él como debidamente hacen los leones con su presa.

El resto de los animales comenzó a retirarse lentamente. Un joven tigre dice a su compañero, “¿No te dije yo que uno de estos días iba a aparecer este león sordo y nos iba a echar a perder las veladas musicales?”

Tanta gente no escucha. O que se cierra cuando sus esquemas mentales son confrontados con una idea que requiere un grado de elaboración que va más allá de las frases hechas y de los titulares de las convicciones personales.

Comentaba en un programa radial acerca de la protesta social, sus fundamentos y una probable aproximación bíblica a la idea. Alguien de la audiencia envió un mensaje preguntándose si yo era de izquierda, si apoyaba los “pañuelos verdes” y si estaba a favor del aborto.

Semejantes reacciones son tan desalentadoras. La persona no respondió a ninguna de las cuestiones que efectivamente estaba tratando. Simplemente me puso una etiqueta y seguramente se sintió altamente satisfecha de haberme “confrontado”.

No puedo sino pensar en la desdicha de ser victimado con frecuencia por una audiencia que no entiende ni parece interesada en entender lo que escribo o lo que hablo y se permite comentarios que solamente por ser tan carenciados no pueden considerarse ofensivos.

Otras veces me han dicho que sin duda estoy muy “herido” y alguien una vez preguntó con toda seriedad si yo era cristiano (!).

Un auditor una vez me dijo directamente: “Si tantas personas lo confrontan con lo que dice, ¿no será hora que se pregunte si es usted el que está equivocado?”

Me parece que o me hago esa pregunta y me retiro hidalgamente al sur de mi Chile a morir entre cerros, neblinas y lagos agitados, o hago lo del león sordo: sigo adelante sin hacer caso.

¿Sabes qué es lo que realmente te importa?

Cuando nos preguntan qué es lo que más nos importa en la vida, a menudo creemos saber la respuesta. Lo que decimos puede incluir a nuestra familia, estudios, trabajo, salud, fe, etc. Sin embargo, llega un punto en el que nuestra contestación es automática, pero no es cierta. Es probable que tengamos algo que realmente nos importa y no habernos dado cuenta.

Para examinar cuáles son nuestras verdaderas prioridades, podemos hacer lo siguiente:

Revisar la inversión del tiempo

Si quieres saber qué ocupa la mayor parte de tu tiempo, haz un registro detallado de lo que haces en el día. Incluye todo: hasta los minutos en los que revisas tu celular o las cosas que haces y que parecen irrelevantes. Al hacer esto con honestidad por una semana tendrás un calendario completo de tus actividades usuales. Ahora, suma el total de los minutos y verás que siempre hay algo que ocupa tu tiempo.

Si crees que algo te importa, pero no le dedicas tiempo, entonces no es tu prioridad. Por ejemplo, puedes decir que tu prioridad es tu familia, pero en realidad pasas más tiempo con tus amigos o en las redes sociales. A menudo, nuestro calendario de actividades es una muestra de lo que somos como personas.

Evaluar en qué pensamos

Nuestras acciones reflejan nuestras prioridades, pero incluso más lo hacen nuestros pensamientos. Podemos pasar el día trabajando, mas nuestra mente puede divagar en algún otro asunto. Aquello que ocupa nuestros pensamientos es un reflejo de lo que verdaderamente nos importa. Por ejemplo, si cuando te preguntan: ≪¿qué es lo que más te importa?≫, respondes: ≪mis estudios≫, y en realidad estás concentrado pensando en lo que dijo tu pareja, entonces los estudios no son tu prioridad en lo absoluto.

¿Por qué es importante saber esto?

Las cosas en las que invertimos nuestro tiempo, esfuerzo y dinero son las que guían nuestra vida. Si la prioridad no es la correcta, entonces no tendremos los resultados deseados. Darnos cuenta de qué es lo que realmente nos importa nos ayudará a redireccionar nuestro camino y tomar decisiones que tengan un impacto positivo en el futuro. En cambio, si continuamos ignorando este asunto, corremos el riesgo de llevar una vida miserable y haber perdido el tiempo en cosas inútiles.



El siguiente crédito, por obligación, se requiere para su uso por otras fuentes: Artículo producido para radio cristiana CVCLAVOZ.

Piensa en todo lo bueno

 “Y ahora, amados hermanos, una cosa más para terminar. Concéntrense en todo lo que es verdadero, todo lo honorable, todo lo justo, todo lo puro, todo lo bello y todo lo admirable. Piensen en cosas excelentes y dignas de alabanza.” Filipenses 4:8 (NTV)

No siempre es fácil pensar en lo bueno cuando a nuestro alrededor todo parece ir de mal en peor, y hasta llegamos a especular si realmente hicimos bien al entregarle nuestras vidas a Dios, porque al parecer mientras más cerca estamos de Él, más pruebas vienen sobre nosotros. ¿Alguna vez has escuchado pensamientos como ese? O quizá ¿pasó por tu mente?  Pero este día quiero que pienses y le des lugar a las cosas buenas que suceden en tu vida, a esos detalles que quizá por la situación en la que te encuentras, los has pasado por alto.

Es verdad que en la vida siempre tendremos altas y bajas pero, si deseamos escalar peldaños para llegar a la madurez, necesitamos pensar en lo bueno y desechar lo malo, renovar nuestra mente, y dejar de lado aquello que no nos permite avanzar; porque lo que sembramos en nuestra mente lo cosechamos en nuestras acciones.

¿Cómo estás alimentando tu mente? ¿Cuál fue el último libro que leíste? ¿Qué programas de televisión sueles ver? Porque déjame decirte que finalmente lo que pienses llegarás a ser y de esa forma actuarás.

“Porque cuál es su pensamiento en su corazón, tal es él (…)”.  Proverbios 23:7 (RVR1960)

¿Quieres renovar tu mente de todo pensamiento negativo?

Reinicia tu cerebro y empieza de nuevo, si ayer pensabas sólo en lo negativo hoy no lo hagas más, ya deja eso atrás y enfócate en lo bueno fortaleciendo tu mente con la Palabra de Dios, porque no hay mejor alimento para tu mente, cuerpo, alma y espíritu que ella, la cual te ayudará a actuar positivamente.

¿Quién no desea relacionarse con personas de actitud positiva? Creo que todos, porque una actitud positiva te abre grandes puertas y te muestra nuevas posibilidades en la vida.

¡No lo olvides, la decisión está en ti!

 

Por Ruth Mamani

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Artículo producido para Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Vida en retirada

“Vivir quiero conmigo, gozar quiero del bien que debo al cielo, a solas sin testigo, libre de amor, de celo, de odio, de esperanzas, de recelo.”

(Oda I, Vida retirada, Fray Luis de León)

Aquí está, otra vez, la seducción del exilio libremente elegido.

Desperté hoy con este verso rondando mi cabeza que como siempre, vagabunda, procura descanso.

Incidentalmente, me llega el aviso de la presentación del libro “Una temporada en el ruido” de Carlos Bertoglio en el café Esmeralda de Villa María.

Singular contrapunto: el anhelo de la vida retirada y los entresijos de la ciudad. El silencio y la chimuchina cotidiana. El aquí y ahora procurando el después.

Al inicio de estos versos, Fray Luis de León alude a los “pocos sabios” que se han largado por la “escondida senda”.

Me leía anoche mi profesora de teología el fragmento de un libro que contrastaba el ascetismo místico propio de una antropología dualista con la obligación de vivir expuesto a la comunidad de los seres humanos y ahí amar como se debe.

Hubo una época en la que amaba la ciudad. Me atraía su nerviosa intensidad, el curso apresurado de los días y las gentes, los cafés, los atardeceres rumorosos en el bulevar, los sonidos de la noche.

En ella viví la mitad de mi vida. La otra mitad estuve confinado en quintas y parcelas suburbanas maquinando experimentos misioneros y evangelizaciones mundiales.

A medida que pasa el tiempo me voy haciendo más incrédulo de proyectos globalizantes, alcances universales y plataformas cibernéticas.

Me va irritando cada vez más la locura de las esquinas, las motos ruidosas, los perros ladradores, los gritos de la gente, la falta de respeto, las obligaciones sociales imprescindibles para la supervivencia, los rencores no resueltos de la gente, las tomas de razón, los requerimientos formales, los trámites institucionales, el apuro, la tontera, la mensajería instantánea y la estridencia de los titulares.

No quedará duda alguna hasta aquí acerca de mi anhelo constante de la cabaña.

Y sin embargo, todavía hay que diseminar pensamiento. Todavía hay que estar. Hay que permanecer en la plataforma para dejar constancia de que el asunto se dijo, no vayan a decir después que nadie les advirtió.

Y algún día que espero no muy lejano agarraré la senda de los pocos sabios, yo el menos sabio de ellos.

Libros escritos

Los libros que escribí, esas piezas de museo” es una frase que va a aparecer alguna vez en la red social que uso por estos días.

Es que no tengo otro pensamiento acerca de los libros que he escrito. No son malos (no adolezco de falsa modestia). Lo que pasa es que el que era cuando los escribí ya no soy.

El que fui entonces era mucho más indocumentado de lo que soy ahora. Lo sigo siendo, por supuesto, pero ahora tengo menos inocencia. Soy más escéptico. Dejé de creer algunas cosas. Empecé a creer en otras diferentes.

Eso suele espantar a quienes operan desde la firmeza de ciertas convicciones adquiridas hace mucho. A mí no me sucede tal cosa.

Escribí “Impresiones” en 1994. En 1999 me despaché con “Entrelíneas”. Cuando los miro hacia atrás encuentro que el primero era definitivamente ingenuo. El segundo era arrogante.

Me había prometido no publicar nada más. Lo que sí he hecho ha sido escribir innumerables notas de prensa, apuntes de clases y artículos para diversos blogs.

Hace un año compilé una serie de temas que dicto en las Jornadas de Capacitación de CVCLAVOZ bajo el título de “La palabra en su laberinto”. La rendición se ha debido a que muchas personas que me aprecian insisten en que esas cosas deben ser publicadas en bien de una cierta audiencia. Si se mira bien, no es una publicación muy original.

Se me ha ocurrido por la misma razón que debería publicar una selección de los artículos que escribo aquí. El tema por el momento está en estudio.

¿En qué sentido considero piezas de museo aquellos libros que escribí hace tanto? En que son una fotografía mía de hace 25 años.

Un cuarto de siglo es demasiado tiempo el pensamiento y la memoria. Si eso no hubiera cambiado no los consideraría una pieza de museo porque yo seguiría afirmando lo mismo. Creería que son vigentes. Pero eso sería la triste evidencia del congelamiento del ser. Yo mismo, junto a esos textos, sería una pieza de museo.

No pasa lo mismo con el poema. Es eterno. No está atrapado en la circunstancia. Habla a las personas de todos los tiempos. Por eso debe ser que la mayor parte de la profecía bíblica está escrita en forma de poemas. Se mantiene actual.

Eso me parece a mí, al menos…

Estados alterados

A fin de sacar algunas frases interesantes para colocar en el estado de WhatsApp releo artículos que he escrito aquí desde octubre de 2012.

Confieso que si alguien lee la totalidad de estas notas, que superan las 650 ediciones, habrá hecho un viaje al fondo de mí.

Esto no es poco decir porque es un viaje complejo. Volver a leerlos ha sido algo revelador porque describen un período de dramáticas decisiones y grandes cambios.

Me di cuenta que los primeros tres años exploraban mucho más los sentimientos que el pensamiento. A este último modo lo he denominado “escritura técnica”, que se dedica a tratar cuestiones de orden, digamos, material.

La mayor parte de ese primer período profundiza en el dolor, la soledad, el redescubrimiento del entorno físico, el cuerpo en transición, la ida al amor y el regreso, los deseos contenidos, la celebración del libro, la escritura y el viaje, otros detalles mínimos como la rosa, el helecho, la buganvilla, la lavanda y el café. También las empanadas del “18” (sólo para chilenos).

Observo estados de gran esperanza y expectante contemplación de las posibilidades junto a otros de gran desapego, casi despedida y sosegado escepticismo, especialmente frente a la convicción de que no parece que las cosas van a cambiar para mejor.

Una de mis colegas del trabajo solía decirme – ahora no, curiosamente – que yo era ciclotímico, es decir, que experimentaba frecuentes altibajos emocionales. Leo que estos estados son menos agresivos que el trastorno bipolar pero se le parecen.

Le explico a mi amiga que son “estados alterados” porque no siempre me someto a los dictados de la justa razón.

A veces la razón no me entiende y no me encuentro dispuesto a entenderla a ella. Es decir, a pesar de lo que dice un amigo mío, en esos momentos simplemente no voy y hago lo correcto.

(Noto algo interesante sobre la gente que siempre hace lo correcto: tiene ese aire de “yo soy más santo que tú” aunque a veces tengo la sospecha de que se sujetan a la razón pero se mueren de ganas de otra cosa).

Tengo preguntas. No tengo todas las respuestas que me hacen falta. No todo está tan clarito. Hay días que en que me asiste, como a Sábato, una demencial esperanza en la gente y otras veces no tengo más ganas de tener esperanza.

Debo parar aquí. Me estoy repitiendo…

Se verá que no

Harta de la complacencia y el talante indolente, el alma se subleva.

Escribe la crónica de la sangre, el relato de la injusticia, la historia de los pasillos donde la grey susurra su desamparo.

Pero es en vano.

Como decíamos cuando éramos chicos, “no hay coté”, no está el horno para bollos.

La multitud prefiere la paz de la soberana medianía. Al fin y al cabo, se dice a sí misma, las cosas siempre han sido como son.

Se alinea con las noticias y las tendencias de la red social, se divierte con memes y videos, deposita su voto al mejor postor porque vota al que le dé.

Traga discursos carismáticos, oxidadas consignas setenteras y televisión farandulera.

Transita por las anchas avenidas del sentido y el lugar común.

A la inmensa mayoría le irrita la provocación de la diferencia, la mirada otra, la confrontación del pensamiento y la exigencia de las letras.

Para la gente está bueno que las cosas cambien un poco para que todo siga siendo igual.

(Vive y deja vivir, no te metas, no agites el gallinero, no vayas donde no te llaman, vuelve a tu cubil, lobo estepario, rebelde malagradecido. Aquí las cosas marchan como deben, cada uno cumple su papel, todo marcha viento en popa y al final vamos a ganar y si no lo crees, peor para ti.)

Así que éste no parece ser mi lugar. Es más, a lo mejor no existe tal lugar y lo único que me pasa es que padezco una rara enfermedad que se me contagió una mañana debajo de unos manzanos silvestres.

Me iré entonces acurrucando al amparo de la poesía, compañera fiel igual que los libros. Me voy a apotincar en la temperada caricia del recogimiento y voy a buscar el abrazo cada vez más simpático de la soledad.

A lo mejor habría que hacer caso del consejo “No agites, hermano”.

Entonces, a hacer no más la pega de todos los días, seguir desayunando en Amélie (los domingos en Marzola) y aparentar que me quedo en el molde.

Un día, cuando me vaya, se verá que no.

El ocaso del pensamiento

“No estamos haciendo de internet una extensión de nuestros cerebros; estamos dejando que reemplace nuestra capacidad de pensar”.

(Nicholas George Carr, premio Pulitzer estadounidense)

Estas palabras están citadas en un artículo semanal de don Julio Petrarca, Defensor de los Lectores del diario Perfil de Argentina.

Incluye don Julio otra cita que pertenece a Umberto Eco, una admonición a uno de sus nietos un poco antes de morir:

La memoria es un músculo igual que los de las piernas. Si no lo ejercitas, se atrofia y te conviertes en un discapacitado mental. Es decir, un idiota”.

Así que parece evidente que existe una estrecha relación entre memoria, pensamiento e internet.

Cuando estaba en la universidad la novedad era que los profesores nos permitían usar una calculadora para el examen de Estadística aunque, advertían, tendríamos diez minutos menos que los chicos que no las usaban. Justo, me parece.

Desde entonces, y luego con la llegada de los teléfonos celulares, fuimos perdiendo la habilidad de hacer operaciones aritméticas simples o recordar números telefónicos sin apoyo de aparatos.

Tanto cambiaron las cosas que hoy se considera algo así como un “crimen” pedagógico pedirles a los escolares que memoricen, que tomen dictados o que hagan una copia diaria a mano.

Así nos ha ido.

Menos del 50% de las personas comprenden contenidos de relativa complejidad (instrucciones para armar un mueble modular, instalar un equipo electrónico o preparar una suspensión antibiótica).

Prácticamente desapareció la noción de comprensión de lectura, la redacción de documentos simples o hacer una presentación oral.

No es mi intención aquí abominar de internet o de los teléfonos celulares. Han resuelto enormes dificultades de trabajo y comunicación.

Lo que no han logrado es mejorar la calidad de la comunicación entre las personas y, lo que es más grave, han reducido peligrosamente la capacidad del pensamiento crítico y del análisis.

Es interesante constatar que muchos jóvenes continúan leyendo libros y nos apresuramos a celebrar eso.

Lo triste es que constituyen un magro porcentaje y pocos tienen la capacidad de ofrecernos un resumen o una reflexión de lo que han leído.

Leer continúa siendo uno de los mejores modos de entrenar la memoria y el pensamiento. Sea en papel o e-books el libro continuará otorgando un espacio para imaginar, observar, preguntar, discutir y sobre todo disfrutar de la belleza de pensar.

Flashback

(Flashback: Verónica Rojas explica en el sitio Aloha Criticón que es una técnica narrativa que retrotrae la narración temporal a un acontecimiento pasado, casi siempre con la intención de situarse en algo importante para la configuración del presente del personaje o situación desarrollada).

Una vez escribí las palabras que transcribo abajo, fragmento de muchos otros enervantes murmullos que pululaban por mi cabeza por aquellos días. Vivía entonces en una cabaña. A veces se aparece en mis sueños y me embarga una nostalgia terrible. Un día tuve que abandonarla y relaté así ese trágico episodio:

“Una noche de mayo el cielo se vino abajo y por todas partes llovió el desastre, la tormenta brutal. Hubo goteras inmensas en medio de la sala y el corazón se anegó en estúpidas lágrimas. Es peligroso ser pobre y viejo.”

Somero resumen: mi cuarto estudio mínima biblioteca ropero cama baja bastante menor y silencio. Cuarto, pasillo, cocina, patio.

Tengo que caminar. La hora pasa y no consigo el pensamiento que amaina el desasosiego. De pronto, una pequeña luz, una idea que es apenas un susurro en esta quietud que me ensordece. A veces, es una imagen de los años que pasaron por el patio trasero y que no alcancé a atrapar.

Un rostro, un aroma de pan caliente, un café con medialunas, un perfume de mujer, un inolvidable perfume de mujer…

Una montaña estallada de helechos entre la neblina de las alturas. El mar, esa bestia incansable que me besa los pies pretendiéndose vencida; otras, un diálogo sin palabras, una mínima plegaria que sólo espera ser oída – es tan simple…

A veces, la frase de una canción, un poema de Neruda, unas líneas de Pescetti, un fragmento de Balzac, un episodio de la vida de Mandela.

Y entonces, tenue, sin prisa, el sueño viene a aplacar esta otra tormenta que soy yo.

Así elaboro este aprendizaje, así aprendo en esta escuela que me acerca a los que siguen buscando, a los que no se conforman con siete doctrinas y cinco libritos que les resuelven la vida.

Porque es voluntario este ensayo de soledad, este exilio de comuniones y hermandades complacientes. Hay intención en esta nota al margen que soy ahora.

Me quiero lejos de las atosigantes victorias y de las cifras del éxito. Me quiero a salvo de las frases hechas que embriagan el sentido. Huyo de las exhortaciones sin compasión de los que se creen propietarios de mi conciencia.

Prefiero noches como ésta, cuando la dura gramática del dolor compone sus mejores páginas…

Confesión de parte

Soy hijo de padres pentecostales. No recuerdo un día en que que no haya estado vinculado a lo evangélico. Sí, he estado fuera de la iglesia muchas veces y por mucho tiempo pero tengo la marca registrada.

No puedo, por lo mismo, relacionarme con las historias de “Cuando conocí al Señor” porque lo conocí siempre, al menos institucionalmente.

En la adolescencia, en mis primeros años de adulto, ya adulto y en mis años marrón estuve expuesto a cuatro grandes experimentaciones de doctrina, como llaman los cristianos a sus constructos formativos.

En todas ellas la secuencia fue como sigue: enamoramiento exultante, profundización, confrontación, quiebre y alejamiento. Las primeras fueron explosivamente breves. Ya más adulto los procesos tomaron más tiempo y por eso tal vez dolieron más.

Cierta mañana, en un lugar bien lejos de aquí, sufrí una crisis de pensamiento que no creo posible describir en breve. Digamos que debajo de unos manzanos, en medio de un mar de lágrimas y bronca, resolví a partir de ese día desinstitucionalizarme (perdón por la palabra).

Lo cual quiere decir que di, no uno, sino varios pasos al costado y me propuse volver a pensar todo desde fuera. Si tal proceso me llevaría a reinstitucionalizarme o no es algo que entonces no me preocupó ni me preocupa actualmente.

Desde entonces hasta ahora me dedico diligentemente a dos cosas. Una, seguir explorando el texto bíblico en forma independiente. Sé cuánto ofende esto a la institución porque sostiene que fuera de ella eso es imposible de hacer. Yo creo que sí es posible.

La segunda es servir a los creyentes, particularmente quienes trabajan en el área de la comunicación. Mi interés constante es que comprendan el mundo en que viven y que puedan establecer un diálogo que haga posible y entendible el mensaje de Dios.

El proceso que acabo de describir es un hecho absolutamente personal. No persigo en manera alguna promoverlo. Estas líneas no tienen ni una pizca de propaganda. Entre otras cosas, porque es devastador, doloroso y solitario.

¿Por qué colocar aquí hoy esta confesión de parte? Por razones que no vienen al caso esta tarde pensé en las hijas y los hijos de creyentes que vivieron procesos similares. Algunos se fueron para siempre. Otros regresaron por temor a perder algo de eternas consecuencias y no quisieron pensar más.

Pocos encararon el camino de volver a pensar todo, amar a su generación y servirla con otra inteligencia.

Locos

El profeta es un asaltante de la mente. A menudo, sus palabras comienzan a quemar donde termina la conciencia… Las cosas que horrorizaron a los profetas son, aun ahora, sucesos cotidianos.

(Santiago Kovadloff, Locos de Dios, Ed. Emecé, 2018)

El autor, cuyo libro recomiendo fervientemente, nos hace saber que los antiguos israelitas llamaban “locos de Dios” a los profetas: Meshuguei Elohim en el idioma original.

Examina el rol que cumplieron los profetas del período que va desde Samuel hasta el exilio en Babilonia y su ardiente confrontación contra los poderes políticos y religiosos que han dejado de lado no sólo la Ley sino a su Dios y han prescindido de la ética, fundamento de la gestión pública.

El fragmento que cito al comienzo me interpela en dos sentidos.

El primero, aquello de “asaltante de la mente”. Me atrae la violencia que entraña esa descripción. Porque no es otra cosa que violencia conceptual lo que necesita esta generación, acostumbrada a la pereza mental.

La jibarización del pensamiento a manos de aparatos “inteligentes”, internet, redes sociales, farándulas diversas, política de baja estofa y fútbol obliga al profeta a sacudir semejante molicie y convocar a la sobriedad y el rigor de la acción responsable.

Sus palabras queman, dice Kovadloff donde se termina la conciencia. Piensen en Greta Thunberg, Nadia Murad, Safia Minney, Muhammad Yunus, Verónica Guerin. Piensen en Alexander Solzhenitsyn, Albert Camus, Nelson Mandela, Gandhi. Ellas y ellos lucharon por despertar en la mente de la inmensa mayoría una rebelión transformadora.

El otro concepto que me provoca es que las cosas no han cambiado nada desde la antigüedad. El gobierno se descompone. La corrupción destruye la confianza pública. La codicia empresarial crea pobreza y opresión laboral. La embriaguez de poder de los dictadores genera guerras, desplazamientos masivos, miseria y muerte.

Entonces que hay que hablar. Hay que gritar. Hay que sacudir. Hay que quemar. Hay que dejarse de discursos dulzones y conciliadores. La mentira se viste de mil maneras. Cuenta con inteligentes asesores de imagen, creativos community managers y contundentes estudios de opinión. Pero la mentira es la misma.

Una frase muy potente de este libro y que me queda como consigna es que el profeta quiere a la política subordinada a la ética. Vivimos en un continente donde la política es instrumento de poder y de riqueza, sea de izquierda o de derecha. Ladrones y enfermos de poder ya no tienen banderías: son todos inmorales. El profeta debe denunciarlos.

¿La mente de Cristo?

Nosotros tenemos la mente de Cristo

(1 Corintios 2:16)

Mucha gente entiende estas palabras así: Por una misteriosa operación espiritual los cristianos no solamente entendemos todo, sino que lo entendemos de la única manera que puede ser entendido.

Esta conclusión se aleja completamente del sentido original de lo que está escrito. Las cosas no son así de sencillas. Nunca lo son.

San Pablo trajo al pensamiento cristiano una serie de conceptos altamente abstractos que por siglos han devanado los sesos de los especialistas en el texto. El apóstol Pedro fue el primero en darse cuenta (2 Pedro 3:15-16).

Pareciera que Pablo supone que cuando dice “mente de Cristo” todos nosotros entendemos de qué esta hablando. No es tan así, la verdad.

Así que, si existe algo como la mente de Cristo en nosotros, el escritor no está diciendo qué es, sino cómo trabaja. Y ésas, amigas y amigos, son dos cosas muy diferentes.

La mente de Cristo, lo que sea que es, no otorga un entendimiento automático de todas las cosas. A mi modesto entender lo que haría sería algo como iluminar el conocimiento o, si me permiten decirlo, extremar los recursos de comprensión.

Si ustedes miran todos los pasajes que mencionan el tema de la mente de Cristo van a descubrir verbos que tienen que ver con un ejercicio de la cabeza. Esta es la lista:

Ver, oír, conocer, saber, aprender, acomodar, percibir, entender, discernir, juzgar.

Todas estas acciones descritas por san Pablo en su carta suponen un examen de los temas a tratar: estudio, análisis, comparaciones, síntesis, conclusiones, en fin. No veo nada automático aquí.

Vayamos un poco más lejos. Digamos que por pasar veinte años en la congregación es posible – aunque difícil – que alguien conozca exhaustivamente los temas relativos a la fe cristiana.

Pero si esa persona cree que, por lo mismo, tiene un entendimiento completo y suficiente sobre política, economía, cultura y práctica social y por eso opine ex cathedra sobre esos temas comete un grave error de juicio.

Vamos todavía más lejos. Esa presunción ha hecho que los cristianos crean que para nada es necesario saber de los temas que llaman mundanos porque basta la mente de Cristo.

Así que desde esta modesta tribuna quisiera urgir nuevamente a los creyentes a leer, a informarse, a educarse en la realidad circundante y con ese entendimiento ejercer los atributos de la mente de Cristo.

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