Crisis de Coronavirus

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Ambición es desear algo con vehemencia. Por lo general ese algo es poder, riquezas, dignidades o fama. Es por esta razón que muchos sostienen que la ambición es pecado y debemos alejarnos de ella. Una muestra de esto es la historia de Acán que se encuentra en la Biblia.

Los israelitas estaban en guerra. En aquellos tiempos era costumbre que los ganadores se llevaran las posesiones del otro bando. Pero Dios les había ordenado que no tomaran absolutamente nada (Josué 6:18-19). Pese al mandato, Acán escondió un hermoso manto de Babilonia, doscientas monedas de plata y una barra de oro que pesaba más de medio kilo (Josué 7:21). Su ambición y desobediencia fueron la causa por la que los israelitas perdieron la siguiente guerra contra Hai. Al final, Acán y su familia fueron apedreados hasta morir (véase la historia completa en Josué 7).

Esta historia se usa para ilustrar que la ambición (y la desobediencia) nunca acarrean nada positivo. No obstante, en su carta a los tesalonicenses, Pablo les dice: ≪tengáis por vuestra ambición el llevar una vida tranquila≫ (1 Tesalonicenses 4:11 LBLA). Si supuestamente la ambición es pecado, ¿por qué Pablo motivaría a los tesalonicenses a ambicionar llevar una vida tranquila?

El problema real no es la ambición, sino el motivo que la impulsa y el propósito para el cual sirve. Podemos tener ambición por conocer más a Dios, por compartir el mensaje de Jesús con quienes nos rodean o por ayudar a nuestros semejantes. Ninguna de esas ambiciones son negativas porque sirven para el propósito por el cual fuimos creados.

¿Cómo saber si mi ambición es pecado?

Una forma práctica de saber si nuestra ambición no está llevando al pecado es examinar tres aspectos importantes: el beneficiario del honor, la motivación y el resultado final. Estas tres preguntas son claves para examinar nuestra ambición:

1. ¿Quién se llevará todo el honor?

Las preocupaciones del día a día hacen que enfoquemos nuestro pensamiento en las cosas de la tierra. En parte, no es algo negativo; el problema viene cuando todo lo que hacemos está basado en nuestra vida terrenal. La Biblia nos dice que debemos fijarnos en aquello que durará para siempre (Colosenses 3:2). Es decir, que debe importarnos más nuestra vida espiritual que en cualquier otro asunto. En ese mismo sentido, nuestra ambición debe ser hacia los asuntos espirituales.

Si deseamos algo y al final somos nosotros quienes nos llevamos todo el honor, entonces nuestra ambición es un pecado que amenaza con alejarnos de Dios. En cambio, si nuestra ambición sirve para que Dios sea el protagonista de la historia, entonces Él nos dará incluso más de lo que queremos.

2. ¿Qué motiva mi ambición?

A veces somos expertos en enmascarar nuestros verdaderas motivaciones. En los tiempos de Pablo hubieron personas que predicaban en evangelio por celos y rivalidad (Filipenses 1:15-18). Es muy probable que ellos disfrazaran sus verdaderas intenciones y nunca admitieran el propósito real por el cual predicaban.

De igual forma, nosotros solemos mentir a Dios y los demás sobre nuestras ambiciones. Podemos decir: ≪quiero ser un predicador famoso para que las personas conozcan a Jesús≫; cuando en realidad nuestro corazón anhela la fama y el poder. O quizá podemos decir que queremos ser misioneros en África, cuando nuestra intención real es viajar por el mundo.

Si le pedimos al Espíritu Santo que revele nuestras intenciones podremos saber qué hay en nuestro corazón. Veremos si es Dios quien nos motiva o si nos estamos dejando guiar por nuestros malos deseos.

3. ¿Cuál será el resultado?

Toda ambición guiada por Dios tiene un resultado que beneficia la vida espiritual de la persona y de su comunidad. Es cierto que Dios puede bendecir de manera material, pero eso viene como un añadido extra. Cualquier ambición que esté dentro del propósito que tiene nuestro Padre para nuestras vidas será prosperado.

El problema real no es la ambición, sino el motivo que la impulsa y el propósito para el cual sirve.



El siguiente crédito, por obligación, se requiere para su uso por otras fuentes: Artículo producido para radio cristiana CVCLAVOZ.

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