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El gran divorcio 1

El gran divorcio

La filosofía se ve mayormente circunscrita a ciertos círculos y considerada por muchos como algo sin utilidad práctica. En nuestro medio evangélico su reputación decrece mucho más cuando se mira en el Nuevo Testamento que Pablo junta en una sola frase huecas sutilezas y tradiciones de hombres con filosofías (Colosenses 2:8). Aunque supongo que el apóstol no estaba descalificando a la filosofía donde él había abrevado cuantiosamente, la lectura que hace el público evangélico general concluye que la filosofía es algo hueco.
Como en tantos otros asuntos la mirada evangélica es errónea. Es esperable que cualquier filosofía vana sea descalificada por la gente, sea evangélica o no, por que es vana. Pero una hueca o vana filosofía no hace vana a toda la filosofía.
Hasta hace algunos siglos esta discusión sobre la validez de la filosofía en el pensamiento cristiano era absolutamente desconocida. En esos tiempos la filosofía era la teología y la teología era la filosofía. Cuando los primeros cristianos comenzaron a articular una visión cristiana del mundo y de la vida, la filosofía era la metodología natural de trabajo porque constituye el esfuerzo por hallar una verdad, un hilo conductor que le dé sentido a todas las cosas. Y ese precisamente es el interés de la teología; ambas disciplinas tienen un fin común.
A partir del siglo 16 – aunque algunos autores sugieren que fue antes – y por razones que no podríamos detallar aquí, se produce una progresiva separación que termina en un verdadero divorcio sin retorno entre teología y filosofía. Las consecuencias de esta ruptura han sido perjudiciales para ambas; para la filosofía porque se desprendió del marco de referencia de la palabra de Dios y para la teología porque fue abandonando la principal virtud de la filosofía que es indagar, preguntar, interpelar y devino dogma incuestionable.
Así la filosofía sacó a Dios del cuadro y sus exploraciones y conclusiones han dado forma al pensamiento laico de los últimos cinco siglos y que originó la modernidad y ahora lo que conocemos como la post modernidad. La teología se redujo a reflexionar sobre la salvación individual y sacó del cuadro todos los asuntos públicos, abandonando así una responsabilidad crucial en la historia, al menos en esta parte del mundo que llamamos Occidente.
Tal parece que este desafortunado divorcio no tiene horizonte visible de reconciliación. A algunos de nosotros no nos queda más que transitar entre una y otra para aportar lo posible.

(Este artículo ha sido escrito especialmente para la radio cristiana CVCLAVOZ)

El plan 2

El plan

Volviendo a mi flagelante costumbre de meterme en líos quisiera ofrecer algunos pensamientos sobre aquello de que “Dios tiene un plan para tu vida”. Menudo conflicto, porque la mayoría de los evangélicos sostiene esto con una fortaleza evidentemente más emocional que conceptual.

Esta convicción se sostiene en una variedad de versículos de prueba, costumbre bastante arraigada en nuestros círculos, esto es, sustentar una idea en apoyos de versículos aislados en vez de una fundamentación que se sostenga en todo el texto.

Cuando era estudiante universitario, cumplía horario como administrador de una biblioteca de la Facultad de Ingeniería. A veces me tocaba pasar a máquina los apuntes de los profesores. En el área de Administración de Empresas se enseñaba PERT/Camino Crítico, Carta Gantt y SOP (Study Operation Plan). Eran sistemas de control de avance de los proyectos. La idea era entrenar a los ingenieros para que aseguraran el cumplimiento del plan operativo, fuera construir una represa o desarrollar un sistema de información para una fábrica de carrocerías para buses de pasajeros. Todos estos conceptos provienen de la mentalidad estadounidense o europea. Es casi imposible hallar el origen de estos conceptos en las culturas africanas, orientales o latinas. Es un atributo propio de los “occidentales”.

Esta orientación a la rigurosidad en el cumplimiento de un proyecto fue introducida – según yo – a la teología y la enseñanza bíblica. El numen occidental no pudo sino atribuir a un plan todo lo que Dios hace, convirtiéndolo así en una especie de súper manager, un gerente estelar que se pasa el día chequeando cómo va desarrollándose el plan que tiene con cada uno de sus hijos y también con el mundo entero.

Soy consciente de cuánto puede molestar a la audiencia que cuestione una doctrina considerada intocable. Es tan reconfortante saber que todo está orquestado y definido por una mente perfecta y que todo lo que sucede es ni más ni menos que el desarrollo del plan que a cada uno le ha sido asignado.

Me parece que así la espontaneidad, el descubrimiento, la sorpresa, la novedad y el aprendizaje que le da sentido a lo humano – entendido como imagen de Dios – todo ello se licúa en la continua y estricta verificación de que el plan se está cumpliendo y en la intervención soberana del administrador para corregirlo cuando se sale del curso previsto.

Para pensar, no para armar una guerra…

Soy y sigo 3

Soy y sigo

La cosa viene más o menos así: Lo he pensado bastante estos días y voy encontrando más razones para abandonar las meditaciones y la referencias públicas a la Biblia (mis búsquedas y litigios con las palabras sagradas las he de seguir, como he hecho desde hace cuarenta años, en privado).
Hay un estudio sistemático y documentado de la Biblia que se llama teología y a eso se han dedicado, más o menos noblemente, hombres y mujeres desde antiguo. Digo más o menos, porque algunos han usado sus estudios para adelantar agendas culturales y personales más propias de sus convicciones que del texto original, pero eso ya es cuestión de ellos. Otras y otros lo han hecho con una gracia y una lucidez admirable.
Pese a su validez e importancia nunca me interesó particularmente ese estudio disciplinado. Por alguna razón no me atrajo nunca. Pero he cometido muchas veces la imprudencia de publicar por escrito ciertas interpretaciones mías del texto porque sí me gusta explorar la Biblia en forma personal. Y como bien saben, una vez que la cosa queda escrita se hace crónica perenne de nuestros aciertos o estupideces. Debido a la supina ignorancia de que adolezco respecto de la rigurosidad del estudio bíblico he escrito cosas que me hacen recordar a aquel oficial del ejército boliviano que hace mucho años se acercó a mí después de una conferencia y me dijo estas palabras brillantes: “Ha sostenido usted una serie de imprecisiones”.
Ayer estaba tratando de documentar las palabras de Lamec a sus mujeres Ada y Zila y hallé cinco versiones diferentes. En una se entiende que iba a matar a un par de personas; en otra, se entiende que ya las mató, o al menos una y a la otra la dejó herida; otra versión dice que lo hizo pero parece que está arrepentido. Ahí me detuve. Cualquier camino que uno tome va a desechar otros que reclaman ser también auténticos. Así que cualquier cosa que uno afirme puede terminar siendo una imprecisión – o una ignorancia – de proporciones… bíblicas.
Y como no me asiste – ni por asomo – la intención de inaugurar otra versión pública y heterodoxa del famoso discurso de Lamec a sus mujeres declaro que en lo sucesivo estos artículos estarán exentos de referencias al texto y me he de concentrar en cuestiones de orden telúrico, poético, coyuntural y existencial.
Para reflexiones escriturales sepan nuestras lectoras y lectores que hallarán una abrumadora cantidad de materiales en internet donde serán satisfechas todas sus angustias, necesidades y ansiedades espirituales de orden bíblico.

Lo imposible 4

Lo imposible

Me quedo pensando en la pregunta del presentador en la última entrevista de los jueves en una radio evangélica internacional: ¿Qué hay que hacer para tomar conciencia de lo que dices? Hablábamos acerca de cómo el espíritu de la época ha penetrado en el tejido y la trama del cristianismo evangélico y lo difícil que es un cambio de rumbo en su historia.
Es una enorme pregunta. Porque sabe que no le voy a dar la típica respuesta que combina versículos bíblicos, tradiciones y doctrinas, aparte del recurrido repertorio de frases hechas y lugares comunes. Las cosas son bastante más serias – y urgentes – y no hay posibilidad alguna de comprenderlas en un charlita de entre semana.
Mencionemos algunas imposibilidades. El establishment que sostiene y conduce a las instituciones de la fe es inmenso e impenetrable. Tiene siglos de historia y ha dado pruebas de una supervivencia que sólo se puede atribuir a un milagro. Visto en su conjunto, implica flujos de dinero que proveen los salarios de la dirigencia y solventan los gastos de la infraestructura. Hay posiciones de poder, prestigio e influencia que son intensamente defendidas por los dirigentes y su entorno más cercano; éstas no son cosas que se van a dejar ir sólo porque algunos alborotadores con complejo de profetas – o filósofos – anden metiendo cosas raras en la cabeza de la grey.
Pero hay más razones para lo imposible: las instituciones religiosas no son lugares donde se revisen las doctrinas y las convicciones porque se basan en un texto sagrado considerado infalible. A pesar de que teología, la doctrina y la tradición que emana de ellas no son infalibles (sólo el texto sagrado lo es) han logrado instalar la idea de que lo que se enseña es sagrado. Así, debido a que no se puede deliberar sobre los contenidos de la enseñanza y la doctrina, el espíritu de la época no tiene obstáculos en ir penetrando la institución de una manera imperceptible y efectiva.
Para que en la iglesia haya una autocrítica profunda y un cambio que tenga el impacto de la Reforma protestante en su tiempo, se deben dar condiciones que son inexistentes en el actual orden de cosas institucional: una mirada renovada y relevante al texto bíblico, una comprensión inteligente e iluminadora de la cultura circundante y un contingente de conductores capaces de una tarea de tales proporciones.
Eso, por ahora, se ve imposible…
“Un pensamiento que no cambia la vida del lector es un pensamiento cosmético” (Michel Onfray, filósofo francés).

Bienaventurados los ricos 5

Bienaventurados los ricos

Me apresuro a aclarar que este título sólo es provocativo. No escribiré aquí de los ricos, sino de su opuesto social.

Hace muchos años un sociólogo me dijo esta frase magistral: “Los pobres no son bienaventurados porque son pobres: debe ser por alguna otra razón.” No recuerdo si alguna vez discurrimos en nuestras conversaciones posteriores acerca de cuál podría aquella misteriosa otra razón.

Para empezar, hay que decir que la pobreza dura y sus oscuras consecuencias no tienen nada de bienaventuradas. Casi puedo sentir la incomodidad de algunas personas que leen: “¡Cómo…! ¡Jesús mismo dijo que eran bienaventurados!” Bueno, sigamos el pensamiento. Dijo que los pobres eran bienaventurados, no la pobreza. ¿Es posible que lo que sí esté diciendo es que la bienaventuranza se relaciona con la atención que Dios da o que los cristianos deberían dar a los pobres? Porque les puedo asegurar que si los pobres entre los pobres tuvieran tribuna aquí no escribirían que se sienten dichosos de ser pobres.

La pobreza debería ser un tema central en la agenda del cristianismo comprometido. Siglos de enseñanza no le han prestado seria atención por la sencilla razón de que la mayor parte de la teología predominante en el mundo evangélico tiene mucho de platónica y mucho de occidental. Fue formulada por personas que no vivieron la abominable pobreza del tercer mundo y por eso no era un asunto que les exigiera una respuesta bíblica más contundente. En nuestros países periféricos, donde la pobreza adquiere proporciones inimaginables para quienes elaboran bonitos mensajes desde cómodos y tibios estudios alfombrados, no se origina principalmente – como dicen – en algún espíritu de pobreza, desidia o flojera de la gente. Tiene orígenes más oscuros y vergonzosos. Se ha instalado históricamente como resultado de la dolosa colusión entre poderes económicos transnacionales y gobiernos corruptos. La modestia de este espacio no permite elaborar más aquí acerca de este tópico.

No se puede seguir diciendo por ahí que la explicación de todo es que Dios dijo que los pobres siempre estarían con nosotros. Esto jamás puede ser interpretado como que El sanciona la pobreza como una bendición divina. Está diciendo que siempre habrá pobres entre nosotros porque siempre habrá opresión y explotación entre nosotros, más allá de la forma de vivir de la gente afectada por la pobreza. Y que de estas cosas deberían ocuparse también los cristianos si han de ser más auténticos testigos de Jesús.

El dolor observado 6

El dolor observado

Mientras controlaba la señal exterior de una estación de radio en la que trabajo, escuché a alguien referirse con profusión de palabras al caso bíblico de Job. Con los años me he vuelto más crítico de la ligereza con la que la gente reflexiona sobre el sufrimiento de otros. En una obra excepcional de Jean Grenier, Las islas, el autor cuenta un episodio de su amistad con un viejo carnicero que lucha con una enfermedad terminal: ‘Cuando le leí un pasaje de alguien que escribía en términos patéticos acerca de la vida y de la muerte, dijo: Ese es uno que debe tener un buen trozo de carne todas las noches.’ Obsérvese que el juicio no es sobre lo que el escritor cenaba a diario sino sobre esa afición a analizar el dolor humano a cómoda distancia de los hechos.

Enfrentados a la cuestión del sufrimiento de los otros, los tópicos a los que se recurre no hacen más que demostrar la atroz indolencia con que se mira: debe haber algo que la o las personas que sufren han hecho mal y por eso están recibiendo las consecuencias – o el castigo – de sus acciones; o es que están siendo sometidos a prueba por alguna instancia superior a fin de que aprendan a tener paciencia, a dar gracias o a aprender lecciones para la vida; o bien, ese sufrimiento es una oportunidad para que nosotros, los observadores, aprendamos a vivir correctamente, no sea que nos pase lo mismo. Es lo que hicieron los ‘amigos’ de aquel infortunado personaje de la antigüedad.

Ninguno de ellos salió a buscar a un médico – ojalá el mejor – que pudiera aliviar un poco al menos su terrible dolencia. Ninguno se ofreció a ayudar con los asuntos de su casa hasta que recuperara la salud. A ninguno se le ocurrió alguna forma de allegar voluntades y recursos para apoyar a su amigo en el tiempo de miseria que se le había venido encima. Nada de eso. Se sentaron alrededor de él a elucubrar acerca de la naturaleza del problema, como si el dolor de su amigo fuera una oportunidad para hacer teología.

Se suele alabar la paciencia de Job. Y, sí… Si hubiera sido otro, los habría echado sin contemplaciones de su casa ese mismo día. Por desubicados.

 

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