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Tiempo de lectura: 2 minutos

El origen del mal ha generado preguntas y reflexiones desde la más remota antigüedad. Es absolutamente imposible siquiera citarlas aquí, por la gran cantidad de material disponible. Los antiguos relatos sobre el origen de las cosas, de cualquier civilización o religión, se ocupan de explicar cómo es que el mal apareció en el mundo.

Asimismo, los filósofos griegos, los primeros teólogos cristianos, los maestros de culturas no occidentales y los pensadores de nuestros días han elaborado teorías al respecto. Leía esta mañana a un columnista de prensa decir que no se puede hablar de lo que no existe: si las montañas no existieran, no se podría hablar de ellas. El mal existe, por lo cual se puede hablar de él, aunque no haya acuerdo sobre su origen y naturaleza.

Algunas teorías sobre el origen y naturaleza del mal

Para mucha gente, la explicación más adecuada es la realidad de Satanás, como creador (?) y agente del mal. El sería el causante de la caída de la criatura humana. A partir de entonces, habría controlado a la mayor parte de las personas, iniciándolas y haciéndolas también agentes del mal.

Otra teoría es que el mal sería preexistente. Es decir, eterno, opuesto necesaria y permanentemente al bien. En nuestro entendimiento cristiano, ese bien sería Dios. En otras palabras, el bien y el mal serían fuerzas opuestas que siempre han existido. Hay un concepto que explica esto y se conoce como en Ying Yang.

Finalmente – y no porque no haya más posibilidades, sino que no hay espacio: El mal es una creación o una disposición exclusiva del hombre. El puede elegir hacer bien o hacer mal y es el único responsable del mal que hace.

Me inclino bastante por la última teoría

Sobre el origen del mal, me inclino personalmente por la última posibilidad. Las dos anteriores presentan ciertos problemas bastante difíciles de resolver. Digamos que Satanás es el creador del mal. Si Dios es eternamente conocedor de todos los acontecimientos futuros, la pregunta es por qué no previó el problema y toda la destrucción y muerte consiguiente. Y, por otro lado, se le puede echar la culpa de todo al diablo y ahí desaparece la responsabilidad humana.

Si es preexistente y una fuerza opuesta e igual a Dios, queda en enorme duda entonces Su absoluta superioridad y Su inalcanzable otredad. En ese caso, no hay salida alguna.

Ahora, si la maldad es una libre decisión de la persona humana, me parece que quedan resueltas – más o menos – las inconsistencias previas. Entonces, la responsabilidad recae en la persona y debe dar cuenta de sí y no echar la culpa a nadie.

Fe de errata y relevo de responsabilidades

Consiento es que lo que expongo aquí sobre el origen del mal es absolutamente incompleto y atrevido. Avergonzaría, creo, a mis profesores de teología y de filosofía. Pero tenía muchas ganas de agitar un poco el agua.

Es tan cómodo echarle la culpa a Dios o al diablo, que llega un momento en que hay preguntarse cuándo nos haremos responsables del mal que hacemos y asumiremos lo que nos toca.


El siguiente crédito, por obligación, se requiere para su uso por otras fuentes: Artículo producido para radio cristiana CVCLAVOZ.

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