Crisis de Coronavirus

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“- Soy poeta, George, dijo Traian-. Poseo un sentido que los demás no tienen y que me permite ver el porvenir.

El poeta es un profeta. Lamento ser el primero en predecir cosas tan tristes. Pero me obiga mi misión de poeta.”

(C. Virgil Gheoghiu, La hora veinticinco)

Mi amable audiencia ya habrá notado que estoy siguiendo la lectura de este libro apasionante y estremecedor del que sólo conocía una película.

Hace más de setenta años este autor dijo algo que yo dije más de una vez en estos escritos sin saber una palabra de su obra.

El poeta es un profeta. Es curioso que en español hay sólo dos letras de diferencia entre estos dos conceptos.

Discreparía con Gheoghiu en que se trate de un sentido, porque eso sugiere una especie de don, un signo inescapable.

Pienso que tanto el poeta como el profeta comparten la condición de observadores agudos de la realidad.

Han aprendido a leer los tiempos: lo que pasó y por qué pasó, lo que pasa y por qué pasa. Lo que pasará y por qué pasará.

Y comparten otra condición: lo dicen de un modo particular. No son periodistas ni científicos sociales. Son seres sensibles, artesanos de la palabra.

Y permítanme señalar una tercera coincidencia entre ambos: sienten la obligación de pronunciar sus palabras al mundo.

Por haber entendido el pasado, interpretan el presente y sugieren lo que podría suceder en el futuro.

Uno no ve literalmente el porvenir (perdón, Traian). Eso lo dicen los demagogos sociales y algunos personajes cristianos interesados en vender libros.

Uno describe los escenarios posibles si las cosas siguen como están o si cambian.

Su comprensión de la historia les permite decir si los acontecimientos conducirán a mejores o a peores tiempos. Es todo.

No hay magia, no hay éxtasis reveladores ni epifanías. No hay voces ni luces celestiales. Es observación, reflexión y síntesis.

Isaías fue el profeta poeta par excellence. Su mirada abarca cientos de años y no hace otra cosa que señalar causas y consecuencias.

Y lo hace de una de las maneras más bellas del habla: la poesía.

Bien harían los cristianos en atinar un poco más y aprender a leer la Biblia como se debe. Entenderían mejor de qué estoy hablando.

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