Crisis de Coronavirus

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Hace un mes, un grupo de jóvenes asesinó literalmente a patadas a un joven a la salida de un “boliche” en Argentina.

El crimen ha generado un debate público de proporciones. La pregunta que se hace todo el mundo es qué educación han recibido estos chicos.

La cuestión interpela a los padres, la escuela, los maestros y, en el caso de estos jóvenes deportistas, a sus entrenadores.

El problema debe ser abordado, me parece, desde una doble perspectiva. Una tiene que ver con la formación y otra con el problema presente.

El primer problema es de más difícil resolución. Si se piensa en los educadores, hay que pensar en muchos años anteriores.

Los responsables de la educación de los chicos tienen una tarea que insume muchos años, incluso los que anteceden a su rol actual.

Es decir, hay que saber cómo fueron formados los formadores. Si uno lo ve así, la cosa se remonta a varias generaciones atrás.

No se saca mucho con sólo sindicar a los formadores como responsables de la conducta social de buena parte de la generación joven.

Habría que pensar en cuestiones mucho más profundas. ¿Por qué se educa como se educa hoy en la familia, la escuela y la sociedad?

Pensar el tema desde esta perspectiva sugiere una reforma de la cultura más profunda que debates televisivos, marchas y leyes.

Pero hay que pensar en el presente. No podemos esperar que ocurra esa reforma para encarar el crimen, el desorden, la maldad, la corrupción.

Una justicia rápida, efectiva y ejemplar es el único recurso para frenar, si no es posible detener, la destrucción del tejido social.

Deben observarse rigurosamente los protocolos de la aplicación de la ley penal. Pero cualquier error en el procedimiento no puede anular la sanción.

Y el crimen hay que sancionarlo. De otro modo, no hay manera posible que una comunidad pueda asegurar su continuidad como tal.

Así que ésta es la doble perspectiva.

Por una parte, construir un cambio muy profundo en el contrato social, lo que va a tomar al menos un par de generaciones.

Por otra, detener de todas las maneras legales posibles la destrucción de la cultura presente.

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