Crisis de Coronavirus

Por tratarse de un tema de salud pública y de alto interés informativo, como servicio a los usuarios, CVCLAVOZ ha decidido habilitar este espacio con toda la información más relevante en cuanto a la pandemia del coronavirus.

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Desde que tengo memoria la vida ejerce sobre mí un influjo inescapable. Específicamente lo sublime. De todo hay en la vida, pero lo sublime es para mí la atracción fundamental.

Recuerdo el olor de mi mamá cuando me permitía dormir a su lado. Tendría ¿qué?, tal vez tres años. El sonido de la lluvia. El eucaliptus de don Juvenal que dominaba el horizonte hacia el noreste de mi casa.

La negra, inmensa locomotora a vapor que nos llevaba en el vagón de tercera clase a las vacaciones interminables de Retiro. El canal donde se sacaba agua para beber y lavar. El aroma inconfundible de las sandías, los tomates, los ajos.

La gente que se saludaba con abrazos en la calle. Las fotos del diario reportando el partido de Colo Colo con el Santos donde jugaba Pelé. Mi hermana bailando rocanrol al ritmo de las canciones de Elvis Presley. El tío Carlos que me llevaba en taxi para ir a cobrar su pensión de militar retirado.

En mis años adolescentes, el lago Villarrica, la belleza incontenible de Lila Contreras, la Puntilla del lago, el volcán, Licán Ray, Coñaripe, la cuesta de Los Añiques, Liquiñe. Los digüeñes, las nalcas, los hualles.

El cabello de las niñas de la Escuela 225, la voz pausada y maternal de la señorita Ruth Murgam de quien me acordé esta madrugada.

Me cuesta comprender a las personas que sólo ven números, resultados, los hechos de la vida, el correcto orden de las cosas. No sé si sabían que hay personas que desconfían de los sentimientos. Entre ellos, especialmente, los líderes.

Lo sublime es más que el alma inmaterial. Es más que la muda contemplación de lo eterno. Lo sublime es todo esto que Dios creó y que en medio de la miseria y el caos deja la huella de Su luz y su esperanza.

Lo sublime es la plenitud de las cosas, todas mezcladas: nobleza y maldad, belleza y fealdad, alegría y dolor, salud y enfermedad. Lo sublime es que hay amor en el mundo. Y personas buenas, a pesar de todo y que suman más que las malas.

Lo sublime es que nos podemos dar cuenta de todo esto y no renunciar. Lo sublime es ver a Dios a través de la niebla: luz orientadora, compañía inclaudicable, amor eterno.

Lo sublime está en nosotros como ferviente invocación para ver a Dios en medio de dolores y miserias.

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