Algo que solía repetir cuando era más joven es que la costumbre es mala. Pese a que esa afirmación se puede aplicar en ciertos casos y en otros no, en esta etapa de mi vida me he dado cuenta de que la costumbre no solo es mala, sino también peligrosa.

Cuando algo ocurre por primera vez y se recibe por gracia, la gratitud es natural y sincera; tanto que nos hace sentir como si estuviéramos en deuda. Sin embargo, cuando pasa el tiempo y continuamos obteniendo las cosas sin merecerlas o inesperadamente, llegamos a acostumbrarnos a ellas y pensamos que las tenemos porque son un derecho o un premio que hemos ganado. Es entonces cuando ya no nos conformamos con lo que poseemos, sino que demandamos más y más; y la gratitud se transforma en un recuerdo lejano que muere lentamente. A eso es lo que la gente llama popularmente “dar la mano y subirse al codo” (o cualquier otra variación de esta frase).

Hasta el momento me he dado cuenta de que yo he hecho lo mismo y he visto a otros hacerlo también. Somos tan hipócritas de decir que nos sentimos agradecidos, cuando en realidad lo único que queremos es recibir más de lo que ya tenemos. Nuestro falso agradecimiento se convierte en una treta para seguir escalando en la escalera competitiva de la sociedad y nos hemos vuelto tan egocéntricos que creemos que no hay nada más importante que nosotros.

Te interesa:  6 cosas que debes saber a tus 30

Lo más triste es que no solo se aplica en lo cotidiano de la vida, sino también en el aspecto espiritual. Hemos dado por sentado que el sacrificio de Jesús está disponible para todos, que olvidamos que sufrió por nuestros pecados en carne propia. Que cada golpe y azote que recibió fue para que seamos libres del pecado. En algún punto de nuestra vida estuvimos agradecidos por ese sacrificio, pero una vez que nos acostumbramos a él, dejamos de darle el valor que merece. Entonces Jesús ya no es nuestro Salvador, ahora también debe ser nuestro cajero personal, nuestro genio de la lámpara que debe resolver nuestros problemas al instante, el médico que debe sanarnos en un abrir y cerrar de ojos, el Todopoderoso que si no responde nuestros caprichos, es porque es malo, cruel e injusto. A ese nivel hemos llegado por culpa de la costumbre. Nuestro agradecimiento murió allí.

Es tiempo de que dejemos la costumbre atrás y comencemos a vivir una vida de agradecimiento. No basta con decir “gracias”; debemos demostrar que realmente nos sentimos así. No seamos parte de las personas a quienes les das la mano y se suben al codo. Nunca es tarde para volver a empezar.

 

 

Originalmente publicado en: https://wp.me/p9gNWh-51

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido para radio cristiana CVCLAVOZ.

ARTICULOS RELACIONADOS

Dejar una respuesta

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.