Crisis de Coronavirus

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Jesús y el poder nunca se llevaron bien. El dato histórico es altamente sugerente: en su condena y muerte estuvieron íntimamente involucrados el poder religioso y el poder político.

Eso, porque a estas instituciones Jesús dirigió sus más severas críticas e interpelaciones. Hay pasajes clarísimos que demuestran que Jesús nunca presentó el reinado de Dios como una estructura de poder, riqueza o control social.

Veamos unos ejemplos…

Cuando dijo que el hijo del hombre no tenía dónde recostar su cabeza, no se refería a una carencia inmobiliaria. Aludía a una actitud de prescindencia de lo material como instrumento de poder. Valdría la pena que lo pensaran fuera de la caja “teológica”: la riqueza material casi siempre está asociada al poder.

En otra ocasión dijo a sus amigos que los gobernantes se enseñoreaban de sus súbditos y ejercían sobre ellos potestad, pero que entre ellos no debería ser así. Lo subrayó dramáticamente cuando lavó los pies de los discípulos: lavar los pies es un signo de servicio, no de poder.

Finalmente, a pesar del hecho de la resurrección, sus seguidores seguían sin entender que Jesús no vino a instaurar un sistema de poder social. Le preguntaron si restablecería el reino político de Israel. Su respuesta es magnífica: sí, recibirían poder, pero del Espíritu Santo. No para dominar, sino para amar, sanar, aliviar el dolor, servir.

Pero hay quienes quieren unir cristianismo y poder

Sin embargo, es notable cómo el cristianismo, desde su instauración como religión oficial de Roma el 27 de febrero de 380 (siglo IV), ha sido parte del poder. Y casi siempre, más para mal que para bien.

No hay espacio aquí para detallar los múltiples ejemplos de la Historia que muestran que Jesús nunca tuvo en mente fundar una religión que se hiciera con el poder para “imponer” la verdad, el bien o la moral.

Siempre hay creyentes que sueñan que un gobierno “cristiano” convertiría a la sociedad en lo que debería ser. No es una idea nueva. El reformador Juan Calvino intentó legislar la totalidad de la vida de los habitantes de Ginebra (Suiza) en el siglo XVI. De acuerdo con algunas de las ordenanzas de su proyecto de la Ciudad de Dios, los ginebrinos deberían:

  • vestirse sin lujo
  • evitar los bailes
  • moderar su lenguaje
  • sacar de los estantes de su biblioteca de toda obra frívola
  • asistir a numerosos oficios
  • aplicarse a mantener sus espíritus libres de todo lazo carnal
  • vivir en estado de oración silenciosa

Un buen cristiano podría decir: “Pero esas son buenas cosas”. Claro. Pero eso no se puede —no se debe— imponer y sancionar por ley. Son prácticas voluntarias. Algunos años después Calvino hubo de abandonar semejante idea, aunque algo de esa influencia permaneció en la cultura. Valdría la pena investigar más a fondo esta historia.

A modo de breve conclusión

Jesús y el poder nunca se llevaron bien. Y nunca se llevarán, porque la marca de un seguidor de Cristo es el amor, el servicio, la ayuda a los más necesitados. El sueño de una teocracia cristiana termina siempre mal.

Si quisieran leer una ficción de extraordinaria lucidez sobre el tema, les recomiendo “El cuento de la criada” y la saga “Los testamentos”, de la escritora canadiense Margaret Atwood.


El siguiente crédito, por obligación, se requiere para su uso por otras fuentes: Artículo producido para radio cristiana CVCLAVOZ.

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