Crisis de Coronavirus

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Tiempo de lectura: 2 minutos

“La vida nos jugó una mala pasada”.

Esta es la explicación que da uno de los jóvenes acusados de asesinar entre varios a un muchacho de su misma edad.

Semejante declaración o es una flagrante ingenuidad o un cínico desparpajo. No es posible pensar en términos medios.

Si uno aceptara esta afirmación habría que concluir que la vida ha sido extremadamente injusta con estos pobres chicos.

No habrían sido más que marionetas de la vida, víctimas de un juego macabro.

Uno recuerda a Romeo que se lamenta después de matar a Teobaldo: “¡Soy un juguete del destino!”

Pasado el asombro ante semejante declaración de irresponsabilidad se llega a la conclusión de que, en cierto modo, tiene razón.

Efectivamente, ha sido la vida.

Pero no como “manejadora de marionetas”, sino como producto de una familia, un colegio, unos amigos, una cultura, un deporte.

¿Qué vida ha conducido a estos chicos a asesinar con semejante brutalidad?

Uno se preguntaría por su familia, sus padres. Si hubo una mezcla inteligente de amor, de enseñanza, de disciplina.

O si les fueron propuestas seriamente algunas verdades fundamentales para la existencia que habría que tomar en cuenta.

¿Los expuso adecuadamente la escuela al conocimiento y la comprensión de la historia, la ciencia, las relaciones humanas y las responsabilidades públicas?

En el deporte, el triunfo es producto de la voluntad y el trabajo. Por eso, su crimen no es una “mala jugada” de la vida, joven.

Es un acto de la voluntad, del deseo, de la pasión, de lo que sale del entendimiento de la vida.

En el momento del crimen no hubo indicios de respeto ni lealtad por la vida del otro, por sus derechos, por su libertad.

Así que no han sido marionetas de la vida ni juguetes del destino; en realidad han sido perpetradores de un doble crimen.

Asesinaron a un chico con la vida por delante, como ustedes. Por otra parte, han asesinado un poco más la esperanza en su generación.

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