Tiempo atrás, conversaba con alguien sobre la importancia del perdón. En la conversación surgió la pregunta “¿y qué pasaría si no quiero perdonar la ofensa?” Para explicarle a las malas consecuencias de guardar resentimiento contra alguien, le conté una historia:

Mi historia

Una vez alguien me hizo algo que afectó gran parte de mi vida. Durante un buen tiempo, esa persona se dedicó a esparcir información sensacionalista y falsa sobre mí que todos creyeron. Esto hizo que, sin conocerme, las personas tengan listas etiquetas para describirme, señalarme y rechazarme. En aquel tiempo, pese a que sabía que esa persona era la responsable, nunca hice nada por encararla ni pedirle explicaciones. Mi indiferencia ante los comentarios del resto solo ayudó a que las calumnias se hicieran más fuertes y mi vida se convierta en algo muy parecido a un infierno. Sin embargo, un buen día, esta persona se acercó a mí, llorando y confesando lo que había hecho. Entre lágrimas al final me dijo: “¿puedes perdonarme?”

Me quedé paralizada.

Había esperado palabras hipócritas de su parte, porque aunque hablaba mal de mí, nunca dejaba de tratarme como si yo fuera su amiga más íntima. Y cuando escuché su pregunta, me vino a la mente todo lo que otros me hicieron por culpa de los falsos rumores que esa persona había esparcido. Pensando en retrospectiva, puede que ella haya sido quien puso la semilla, pero los que se encargaron de nutrirla con más mentiras y rechazo, fueron los demás. Por todo esto, lo primero que se me vino a la mente fue:

“Lo siento, pero no puedo perdonarte. No puedo perdonarte porque decir que «lo sientes» o que «te arrepientes», no repara el daño que hiciste. ¿Te parece bien si te apuñalo con un cuchillo y luego te pido perdón? No. Mis palabras no sanarían tu herida y así tampoco las tuyas sanarán la mía.

En mi cabeza habían miles de pensamientos enredados y en conflicto, pero no podía articular ninguno de ellos. Me quedé en silencio, y antes que me diera cuenta, de mis ojos brotaban lágrimas de ira. Esa persona siguió hablando, pero nada de lo que dijo podía hacerme cambiar de opinión. Intentó abrazarme, pero no me moví. Se fue y ni siquiera levanté mi vista para ver su silueta. Desde ese día, fue como si me hubiesen puesto un enorme peso encima que ni yo sabía que existía.

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Es irónico pensar que antes de ese incidente, yo le restaba importancia al asunto y no tenía ninguna clase de sentimiento negativo hacia esa persona. Pero cuando me pidió perdón, fue como si el daño que me hizo se hubiese concentrado y convertido en una piedra invisible que debía cargar. Prefería cargar ese peso y no perdonarla porque, en mi ingenuo pensamiento, esa era mi forma de castigar a esa persona.

Esto continuó por años. Intenté olvidar lo sucedido y dejar el pasado en el pasado, pero solo era un cuento que me repetía a mí misma. Hasta que un día me puse a pensar en los miles de errores que cometo a diario y cuántas personas ofendo a propósito y sin intención, y me di cuenta que realmente necesitaba el perdón de otros. Pero esto me enfrentó con la realidad. ¿Cómo podía pedir perdón si yo misma no había perdonado? Lamentablemente, esa persona prácticamente desapareció y no tuve forma de comunicarme, así que lo único que hice fue orar y decir al aire: “××××××, te perdono”.

Está por de más decir que el peso del odio desapareció y por fin pude tener libertad. Aquel día entendí que para perdonar hace falta reparar el daño, pero que eso no sirve como condicional. El perdón debe ser parte de nuestras vidas porque quien no perdona es el que se lleva la carga y no aquel que ofendió. No siempre es fácil hacerlo, pero tampoco es una excusa para dejar que sus raíces se hagan tan fuertes que con el tiempo cueste aún más sacarlas. Además, debemos perdonar si queremos ser perdonados (Lucas 6:37).

 

 

Originalmente publicado en: https://wp.me/p9gNWh-5N

El siguiente crédito, por obligación, se requiere para su uso por otras fuentes: Artículo producido para radio cristiana CVCLAVOZ.

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