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No tengas miedo a tu problema

“Fue por la fe que Moisés salió de la tierra de Egipto sin temer el enojo del rey. Siguió firme en su camino porque tenía los ojos puestos en el Invisible. Fue por la fe que Moisés ordenó que el pueblo de Israel celebrara la Pascua y rociara con sangre los marcos de las puertas para que el ángel de la muerte no matara a ninguno de sus primeros hijos varones. Fue por la fe que el pueblo de Israel atravesó el mar Rojo como si estuviera pisando tierra seca, pero cuando los egipcios intentaron seguirlos, murieron todos ahogados.” Hebreos 11:23-29 (NTV)
A veces creemos que somos los únicos que pasamos momentos difíciles, que enfrentamos una enfermedad, la pérdida de un ser querido, una crisis económica, una desilusión amorosa, etc. Pero si leemos la Biblia encontraremos historias de personas que pasaron por situaciones similares o más complicadas que las nuestras.
Tal es el caso de Moisés, libertador del pueblo de Israel, quien tuvo que enfrentar diferentes dificultades en su vida. Pero ninguno de los problemas que tenía en frente fue motivo para alejarse de Dios o dudar de su poder. Lo único que hizo para salir victorioso de todas sus batallas fue confiar y obedecer las palabras de Dios.
Quizás te encuentras en un momento de desesperación y el diablo procura desanimarte y llevarte a desobedecer al Señor, o tal vez piensas que es mejor renunciar y ya no luchar por tu situación. No te des por vencido, haz lo que hizo Moisés, ten fe y no tengas miedo a lo que te enfrentas, al contrario, sigue firme en el camino y pon tu mirada en Dios.
No importa qué faraón se levante contra ti ni qué ejército te persiga, sólo confía en las promesas que Dios te dio y ten fe que en verdad sucederá lo que esperas. “Nadie podrá hacerte frente mientras vivas. Pues yo estaré contigo como estuve con Moisés. No te fallaré ni te abandonaré.” Josué 1:5 (NTV)
“Unos confían en sus carros de combate, otros en sus caballos; pero nosotros confiamos en el nombre del Señor nuestro Dios.” Salmos 20:7 (PDT)
¡Confía en Dios y no tengas miedo a los problemas que tienes!

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

¡Quítate esa máscara!

Una máscara es una pieza, normalmente adornada, que oculta total o parcialmente la cara para disimular los rasgos de la misma; utilizada desde la antigüedad con propósitos ceremoniales y prácticos.

En la actualidad, y de forma consciente, muchos se ponen máscaras que no tienen nada que ver con ellos para tapar sus debilidades, se sienten a salvo y logran que los demás no se den cuenta de su problema.

La falsa autoestima es una de ellas,  la cual creamos a manera de protección para que no nos hagan daño y, sobre todo, para aparentar que no tenemos problemas de inseguridad. Esto llega a ser el producto de una sociedad que constantemente está avergonzándonos, mostrando nuestros errores y defectos, los cuales nos hacen sentir en la obligación de utilizar máscaras.

Jeremías era uno de ellos, tenía serios problemas con su autoestima, por mucho tiempo vivió con el temor a  ser rechazado y desaprobado por la gente. Cuando Dios lo llamó a su servicio, se sintió incapaz de lograrlo, entonces dijo: Yo soy un niño. Por lo visto tenía la máscara del “no puedo, soy un niño”. En ese momento, parafraseando Jeremías 1:5,  Dios le respondió: Jeremías sácate esa máscara porque antes que te formase, yo te conocí, la gente podrá decirte lo que desea, pero yo te escogí, te llamé, te levanté como profeta a las naciones y mi presencia ha estado siempre contigo.

Esa es una gran promesa, porque si la presencia de Dios va con nosotros podemos estar seguros que nada, ni nadie nos detendrá para cumplir su plan.

Nadie debe determinar quién eres, sólo Dios puede hacerlo, porque Él es el único que te conoce a la perfección.

A pesar de que Jeremías puso tantas limitaciones en su vida, tenía un corazón humilde y dispuesto a su servicio. Dios tuvo que corregir sus pensamientos negativos sobre sí mismo para que su plan sea cumplido a la perfección.

Permite hoy que Dios trate con tu vida y saque todas las máscaras que te pusiste para esconder el dolor, la inseguridad, etc. Deja que Dios tome control de tu vida, Él  te dirá quién eres en realidad. Recuerda  que nadie te podrá hacer frente porque todos los que peleen contra ti sin duda perderán.

 “Y pelearán contra ti, pero no te vencerán; porque yo estoy contigo, dice Jehová, para librarte.” Jeremías 1:19 (RVR).

Por Ruth Mamani

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Los (irreductibles) hechos de la vida

Las notables ausencias en momentos absolutamente necesarios. La inveterada costumbre de esperar lo que no va a llegar de ninguna manera. Creer que la vida se describe en un poema y tres memes. Las citas de libros que nunca se leyeron. La presunción del saber que nunca fue. El dolor de los pensamientos que nunca constituyeron hechos de la realidad. Las expectativas ajenas que nacieron seguramente en un deseo legítimo pero absolutamente infundado.

El abultado patrimonio de la vergüenza y el miedo. Las pasiones que duraron un verano y algunos días de invierno. Las facturas reclamadas que pasaron a la categoría de incobrables. El pasado que nadie puede borrar. La vieja costumbre de tener ganas de no tener más ganas. El desconsuelo de los días que nunca volverán. La demoledora realidad del cuerpo presente.

Yo nunca tuve diez perritos, sí un gato que bauticé Percival Phillips McGregor y que después de unos meses supe que era gata y le cambié el nombre a Percy Belle. Nunca tuve un Austin Mini, sí una Mitsubishi L100 que servía para todo y a veces para nada. Nunca estuve en París ni me saqué una foto con la Torre Eiffel detrás, sí una noche dormí en una carpa de beduinos en el desierto del Neguev, lo cual me pareció – y me sigue pareciendo – una de las experiencias preferidas a la hora de los recuerdos.

La experiencia de los demás que nunca será nuestra experiencia y que por eso compararla es absolutamente inconducente. Los abultados argumentos para tratar de justificar lo que es imposible justificar. Las maneras en que escamoteamos el momento de responder por nuestros despropósitos y nuestros pecados. La íntima convicción de que las cosas no van a resolverse así como así.

¿Y si al final las cosas no terminaran como nos han dicho que van a terminar? ¿Ah?

Y para finalizar, unas palabras escogidas al azar en el diario del domingo:

Vargas Llosa reivindica el pluralismo como necesidad práctica de supervivencia: “(Es) la única garantía que tenemos de que el error, si se entroniza, no cause demasiados estragos”

(La Nación, Ideas, pág. 3, 29 de abril de 2018)

(La fotografía representa el irreductible anhelo de viajar como antes)

Meditaciones crepusculares

Las tres eras que parecían tan definidas a veces se mezclan un poco. El tiempo juega con la memoria, despinta el rastro de las últimas alegrías y estaciona un dolor recurrente en las rodillas. No era todo tan claro a fin de cuentas. Las conclusiones se debilitan con los golpes de la duda. Los recientes optimismos se disuelven en el mar de la evidencia. Para algunas cosas definitivamente es tarde.

Ciertos entusiasmos del cuerpo ya no encuentran eco y la mirada muere en el techo. Las manos hallan alguna ocupación en el libro y a veces, más tristemente, en los botones del control remoto. La mente rememora antiguas exploraciones y encuentra de tanto en tanto algunos rincones hasta ahora ignorados; pero son vetas pequeñitas, los últimos vestigios de la gran minería del pasado. Se halla refresco en algunos párrafos leídos pasada la medianoche y terminan siendo un suave inductor del sueño.

En estos últimos años las grandes broncas ya no tienen que ver con los importantes acontecimientos del pasado sino con la cola del Cobro Express y el escape libre de las motos, impune destructor  de la última paz que nos quedaba, herramienta homicida de una fauna que abandona los últimos vestigios de lo humano.

Con la vejez no es que tenés bronca, me dice una alumna; es miedo directamente. No le da vueltas al asunto, me doy cuenta. Habrá que dejar el tema de lado por un tiempo, supongo. A nadie le interesa la filosofía geriátrica. O les incomoda, me pregunto. En fin, este es solamente un breve resumen del estado de cosas.

Habrá que poner un par de cuadros en la pared de la salita y comprar media docena de vasos y tazas. Creo que con eso será suficiente para completar el menaje necesario. La reducción de los artilugios de la vestimenta ya está casi terminada y sólo falta deshacerse de un par de zapatos y unas remeras. Otro asunto importante es borrar una enormidad archivos innecesarios y seguramente una cantidad de fotografías que no tienen nada más que decir.

Y cuando llegue el día del último viaje, y esté al partir la nave que nunca ha de tornar, me encontraréis a bordo ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar… Yo, para todo viaje —siempre sobre la madera de mi vagón de tercera—, voy ligero de equipaje.

(Antonio Machado)

Paz armada

Los momentos de paz que encontramos a veces no son más que conflictos, apenas disimulados.
(Takeshi Kovacs, Altered Carbon, Netflix)

Es un lugar común afirmar que las películas – las series más recientemente – las canciones, las obras de arte son una representación del flujo cultural. Pero tienen también un rol activo: nos muestran y promueven nuevas formas de entender y vivir el mundo. Es decir, son proféticos en ambos sentidos: describen e influyen.
Esta frase recogida en un episodio de la serie mencionada me sugiere otras ideas parecidas. Hace un tiempo escribí aquí Costosa paz donde mencionaba una frase de Ingrid Betancourt: Hay que envejecer para apreciar la paz. También recordé esta línea de una canción de Pablo Milanés: A todo dices que sí, a nada digo que no para poder construir esta tremenda armonía que pone viejos los corazones. Finalmente, un concepto que escuché del tío Carlos hace muchos años: paz armada.
¿Qué tan real es la paz que a veces decimos que tenemos? ¿Cuánto de eso no es más que, al decir de Kovacs, conflictos apenas disimulados? ¿O silenciosos acuerdos que no son acuerdos sino un recurso para construir alguna armonía en lo que nos queda de vida?
Alguna vez pensé – por poco tiempo sin duda – que olvidar sería un posible camino para alcanzar algo de sosiego. Pero no olvidamos. Podemos trabajar algo los sentimientos para que no nos afecte el recuerdo. Pero olvidar, jamás, me parece.
¿A cuánta paz podemos aspirar en realidad? ¿Hay una paz perfecta, completa? Hay quienes dicen que es posible con la sanidad interior. Otros con meditación, con mindfulness, con yoga o con medicamentos. Es posible lograr cierto equilibrio con estas técnicas, creo. Pero dudo mucho que sea una plena paz. Estamos demasiado inmersos en un mundo que nos tironea por todas partes: relaciones, trabajo, dinero, compromisos sociales, responsabilidades familiares, la misión. Todo es combate, refriega, forcejeo.
¿Qué ofrece Jesús cuando dice, La paz os dejo, mi paz os doy? No creo que sea un estado de sosiego completo. De otro modo no agregaría que no se turbe nuestro corazón ni tenga miedo; es decir, sí va a haber cosas que nos van a complicar la tranquilidad. Pero de algún modo es una paz que no descansa en nuestras posibilidades o en las explicaciones que nos demos respecto de nuestros asuntos.
Una paz armada, una paz combativa, una paz en ropa de trabajo.

No robarás

Ocurre que a veces, en ciertas noches bastante claras, me roban la luna; pero siempre, de algún modo, me las arreglo para volver a encontrarla. Aunque en ocasiones no es que me la roban: solamente me la esconden para impacientarme ciertos energúmenos que saben lo imprescindible que me es cuando se aproxima el plenilunio.
El mes de abril no me lo han robado nunca como según sus propias palabras le sucedió a Joaquín Sabina; aunque, a decir verdad, ese mes no me interesa mucho. Mi preocupación principal se ha centrado siempre en noviembre por variadas razones: es el mes de mi cumpleaños, es plena primavera y es un período de importantes memorias, algunas de ellas particularmente tristes.
Siempre me ha llamado la atención la expresión Me robaron el corazón. Tal vez se deba a que nunca me ha acontecido semejante cosa, incluso en las instancias más intensas de mi harto descolorida historia personal. Debe ser, sin duda por lo que oigo y lo que leo, una situación bastante desagradable y no sólo para el adecuado funcionamiento de la circulación sanguínea.
Cuando tenía unos diez años y después de un largo momento de miedo, adrenalina y extremas precauciones, me robé un lápiz BIC transparente de pasta azul de entre unas piezas de género de la tienda del señor Manzur en San Bernardo. Un par de décadas después, cuando me adoctrinaban para ser un portavoz mundial de buenas noticias, como aplicación práctica del capítulo denominado Conciencia Limpia me sentí movido a ir a restituirlo. Pero cuando llegué a la calle Eyzaguirre me enteré con desazón que la tienda había desaparecido hacía una buena cantidad de años.
Cierto día, no hace muchos años, caminaba por el paseo Ahumada, embelesado con un teléfono celular que me había comprado en un outlet de Miami. Parecía una perla negra con una pantalla que se deslizaba para acceder al teclado numérico. De pronto un muchacho de unos veinte años lo arrebató de mis manos con un movimiento veloz y certero. Nunca olvido que por unas centésimas de segundo nuestras miradas se encontraron y no sé por qué tuve la impresión de haber sentido el miedo en sus ojos. Lo vi perderse en medio de la gente y por cierto ni por un instante se me ocurrió perseguirlo. Nunca más tuve un teléfono tan lindo.
Por lo que se ve, ese asunto de robar realmente es problemático…

Derribando el temor

Es inevitable que en algún momento o situación sintamos miedo. Recuerdo a mi hermana, cuando éramos niñas, que se escondía detrás de un mueble para sorprenderme con un grito, automáticamente yo reaccionaba con un chillido lleno de temor.

Pero hay verdaderas situaciones que nos pueden llenar el corazón de temor, como le pasó al Rey David cuando los filisteos lo tomaron preso en Gat. Su vida corría peligro; sin embargo, depositó su confianza en Dios: “Pero cuando tenga miedo, en ti pondré mi confianza. Alabo a Dios por lo que ha prometido. En Dios confío, ¿por qué habría de tener miedo? ¿Qué pueden hacerme unos simples mortales?” Salmos 56:3-4 NTV

Es normal sentir miedo, pero cuando este nos domina al punto de cohibirnos y paralizarnos debemos someterlo para que la confianza nuevamente tome lugar en nuestra vida. Es como un caballo salvaje que si no se lo agarra firmemente se soltará y perderá el control afectando a nuestra vida de manera negativa.

Por eso también nuestra mente tiene que estar refrescada cada día de Palabra de fe, para que cuando una circunstancia mala se presente sean ellas las que nos dirijan en cómo actuar o reaccionar en vez que el temor.

Quizás ahora te encuentres con una situación bastante complicada y no sabes cómo saldrás de ella, te quiero animar a poner tu confianza en Dios, ya que Él será quien pelee por ti, te dará fuerzas y también te ayudará a encontrar una salida. Como dice su palabra “Y Jehová va delante de ti; él estará contigo, no te dejará, ni te desamparará; no temas ni te intimides.” Deuteronomio 31:8

¡La confianza en Dios derribará cualquier temor!

 

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Un nuevo capítulo por comenzar…

“Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” Filipenses 3:13-14 (RVR)

Imagínate el año que comienza como un cuaderno nuevo que Dios te da para escribirlo. Parece haber mucho peso sobre estas palabras, pero si en verdad queremos hacerlo mejor de lo que lo hicimos el año pasado, tenemos que esmerarnos para escribirlo bien, sin tachones ni borrones  porque hay cosas nuevas de Dios para cada uno de nosotros.

Sin embargo, ¡cuántos pensamientos se revuelven en nuestras cabezas! No se puede empezar un año sin preguntarse: ¿qué pasará? El porvenir es desconocido y lo desconocido da miedo. Entonces, ¿Cómo podemos iniciar y continuar bien el año que comenzamos?

Lo principal, ante todo, es mantener una intimidad con el Espíritu Santo. Habla con él como si fuera tu amigo más cercano, pregúntale cosas, cuéntale tus preocupaciones, háblale de tus debilidades, pídele dirección y, por sobre todo, agradécele porque en medio de toda situación Él está para consolarte y enseñarte lo que necesitas saber. Tendrás un año de grandes cosechas como fruto de tu intimidad con Dios.

Por otro lado, decide sanar tus relaciones interpersonales. ¿Qué relaciones tienes que mejorar este año? ¿A quiénes les tendrías que pedir perdón? ¿A quiénes tendrías que perdonar de todo tu corazón para dejar atrás el pasado? ¿Con quiénes tendrías que pasar más tiempo: con tu esposa o esposo, con tus hijos, con tus padres? ¿De quiénes te tendrías que alejar porque son una mala influencia para tu vida? Reconoce que esto es necesario para avanzar, no porque dependas de ellos sino porque es importante caminar por un sendero que esté libre de piedras y obstáculos que quieran desanimarte y finalmente alejarte de los propósitos y del plan de Dios para tu vida.

Si este año tienes que empezar por perdonar a los que te hirieron, hazlo, para que cada día puedas escribir una nueva página en tu vida, libre de borrones y tachones para que al finalizar no tengas nada de qué arrepentirte sino seguir hacia la meta del supremo llamamiento de Dios.

Por Ruth Mamani

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Tan solo cree

“Mas yo haré venir sanidad para ti, y sanaré tus heridas, dice Jehová; porque desechada te llamaron, diciendo: Esta es Sion, de la que nadie se acuerda.” Jeremías 30:17 (RVR1960)

Ante una enfermedad, es posible rendirse y perder toda esperanza. Las fuerzas parecen debilitarse cada vez más, los tratamientos son a veces largos y costosos, afectado también la economía. Muchas veces en estos tiempos difíciles escuchamos más a nuestro entorno que dice que “no hay esperanza” en vez que a Dios. Es en estas situaciones, que debemos entender que Él está junto a nosotros sosteniéndonos y que no dejará que la enfermedad nos venza, su palabra nos recuerda: “…No tengas miedo; cree nada más…” Lucas 8:50 (NVI).

Por Danitza Luna

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Belén

Acompaño a Teresa a buscar a tres chicos de un hogar estatal de admisión para traerlos a un hogar de estadía permanente de la iglesia a la que ella asiste.
Treinta y ocho niños y niñas se amontonan allí al cuidado de tres tías que reflejan en sus rostros el cansancio de innumerables jornadas cuidando a estas criaturas cuyas historias de horror conmoverían el corazón más insensible.
Cuando entramos se acercan a nosotros en parte obedeciendo a la tía que les ordena saludarnos y en parte curiosos porque llevo una bolsa que me han encargado donde varias personas han puesto juguetes y dulces. Nos besan y luego se sientan alrededor de Teresa que quiere contarles la historia de la Navidad. Les pregunta: “¿Saben lo que pasó el 24 de diciembre?” Un chico rubio e inquieto responde con una risa nerviosa: “Yo no sé, tía, porque yo llegué ayer no más…
Yo esquivo el relato. Recorro el salón con una mirada llena de silenciosas preguntas, con mi mente sedienta de respuestas que busco por décadas. No quiero quedarme con esa sensación complacida de haber hecho una buena obra en estos días festivos. Quiero explorar la realidad de esas vidas desconocidas.
Me atrae la atención una chica de unos dieciséis o diecisiete años. Tiene una mirada muy dulce, pero infinitamente triste. Delgada en grado sumo, tiene una belleza que en ese entorno es casi trágica. Sostiene en sus brazos a su bebé de un año que estira sus bracitos intentando alcanzar una bolsita con regalos. Una madre adolescente que tiene una profundidad en sus ojos que llega a doler.
Me pregunto millones de cosas en esos escasos segundos en que la miro. Por un instante, sus ojos se encuentran con los míos y los baja, apresurada, como si tuviese miedo o vergüenza. Reprimo en silencio un llanto convulsivo que me sube por la garganta, pero no puedo evitar las lágrimas. Nos ofrecen té y nos sentamos. Dos o tres veces ella entra en el cuarto detrás de su hijo. ¿Cómo alguien tan joven ya tiene que encarar la maternidad y las cosas permanentes que ella trae consigo?
Al rato, nos tenemos que ir. La joven está inclinada en una pequeña pileta de lavar. Me acerco y le pregunto su nombre. “Belén”, me dice esbozando una leve sonrisa. Qué devastadora ironía. Le beso la mejilla y entonces nos vamos…

Variaciones

Poder ver más allá de lo obvio. No conformarse con el actual estado de cosas. Romper la cadena de la rutina. Vivir en peligro. Tomar riesgos. Hacer preguntas. Penetrar en las cosas con un candor de niños al mismo tiempo que con profunda intención. Ver qué hay más allá del horizonte. Buscar la otra manera de ver las cosas. Ser libre en el país de los presos.
Combatir la opresión del sistema y cuestionar sus pretensiones conceptuales. Liberarse de las consignas totalitarias y rebelarse contra las imposiciones de los señores. Anhelar todas las mañanas la libertad y cada noche dormirse con la conciencia de haberla conquistado un poco más. Dominar el propio tiempo. No permitir que los demás te hagan presa de sus agendas y sus expectativas. Otorgarle, en cambio, el tiempo a las cosas que queremos e invertir la vida en lo que amamos.
Aprender que el miedo es cosa viva pero que debe combatirse con todas las fibras del ser. Entender que uno tropezará muchas veces y va a equivocarse cuando busca otros caminos y construye su propia cartografía. El fracaso no es una sentencia, más bien un acicate para volver a intentarlo.
Descubrir que la soledad es, la mayor parte del tiempo, el precio a pagar por no querer ser uno más en el engranaje; es, por así decirlo, la fea del baile, pero de tanto abrazarla uno descubre más pasión en ella que en la misma multitud y se termina agarrándole cariño.
Seguir buscando, continuar leyendo, preguntar siempre, permanecer en la vigilia del pensamiento, no acostumbrarse, confrontar los estereotipos, poner a prueba las propias convicciones, aprender nuevas cosas, no permitirse ser tonta o tonto grave.
Pero, ¿por qué rayos hacerse tanto problema? ¿Por qué no jugar simple y ganar no más? Porque las victorias de lo simple lo sumergen a uno más y más en el tibio país de la medianía, el tranquilo territorio de lo predecible. Lo común no es el resplandor o la oscuridad permanentes. Lo común es la enorme multitud que prospera, se acomoda y obtiene lo que desea en la suave penumbra del status quo, cambiando alguna cosita aquí y allá para que todo permanezca igual.
Vi un documental sobre los buscadores de oro del Amazonas que remueven y deshacen en agua toneladas de tierra para encontrar unos poquitos gramos de oro. Se puede perder mucho viviendo complicadamente, pero se ganan pequeños tesoros que enriquecen la vida de muchos.

El triunfo del no

“Que eso no se dice, que eso no se hace, que eso no se toca…

(Joan Manuel Serrat, Esos locos bajitos)

No los recuerdo todos, pero estos eran los NO de mi infancia y adolescencia:

No escuchar radio (en mi infancia no había television), no oir música mundana, no ir a fiestas, no bailar, no ir a eventos escolares ni públicos, no ir al cine, no entrar a restaurantes, no fumar, no tomar alcohol, no leer el periódico el día domingo, no leer revistas de comics o románticas, no ir a la iglesia con camisa de color ni pantalones cortos, no socializar con impíos (léase mundanos, gentiles, filisteos), no entrar en templos católicos, no dormirse sin orar, no salir de casa sin orar y leer un salmo, no masticar chicle, no estar en la cama con las manos debajo de la cobija, no tener el pelo largo ni usar “patillas”.

La mayoría de estas prohibiciones tenían que ver con que mis padres eran evangélicos pentecostales. Había otras restricciones más hogareñas: no jugar al pimpón con los hijos del vecino Berendsen, no jugar a la pelota en el patio, no hacer ruido a la siesta, no hablar en la mesa cuando había visitas, especialmente si eran pastores, no preguntar por qué (“usted obedezca, no más”).

¿Cómo sobrevive uno a semejante batería de preceptos la mayoría de los cuales, si no todos, son tradiciones humanas, inventos ceremoniales y costumbres transmitidas por los señores del magisterio de hace más de sesenta años? ¿Como quitarse del alma los miedos, las secuelas de aquel continuo disculparse por todo, no poder decir “no” cuando uno quiere decir “no”, esa excesiva consideración: por favor, gracias, disculpe usted, perdón, no quise decir eso, no te enojes?

Qué indecible sufrimiento para el temperamento sensible que ha creído, que ha aceptado, que se ha sometido dócilmente cuando todo clama liberación y ruptura con un pasado semejante en un tiempo que es ya demasiado tarde, cuando ya se es demasiado viejo para romper el molde forjado a repetición y miedo.

Los artistas saben decirlo mejor:

Cada uno aferrado a sus dioses, producto de toda una historia. Los modelan y los destruyen y según eso ordenan sus vidas. En la frente les ponen monedas y en sus largas manos les cuelgan candados, letreros y rejas.

(Los momentos, Eduardo Gatti y Los Blops).

(Fotografía: Tardecita, ilustración digital, Ivan Pierotti)

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