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En la vida nos encontramos con todo tipo de personas. No todas ellas nos hacen bien, sino que de una u otra forma nos perjudican y se convierten en una especie de enemigos.

Estos enemigos pueden ser gente que conocemos y en algún momento nos hicieron daño, o gente que no conocemos personalmente, pero que tienen cierta influencia en nuestra vida. Esto se nota con claridad, por ejemplo, cuando se trata de alguna autoridad o gobernante.

Las decisiones que toman las autoridades o personas poderosas de nuestros países no siempre son las mejores. Ellos se dejan guiar por sus propios intereses, los cuales no son de beneficio para la población en general, y cuyas malas consecuencias nos afectan a todos. Por lo tanto, es de esperar que sintamos alegría y triunfo cuando la justicia condena a algún mal líder. Esto, hasta cierto punto, es comprensible pues como seres humanos tenemos un deseo natural por la justicia que muchas veces cruza la línea y se convierte en venganza. Cuando alguien nos perjudica sentimos que es justo que nuestro enemigo sufra tanto como nosotros. Sin embargo, la Biblia nos dice que si nuestro enemigo cae, no debemos alegrarnos porque esa actitud puede volverse en nuestra contra.

Proverbios 24:17-18 dice:

«Cuando cayere tu enemigo, no te regocijes, y cuando tropezare, no se alegre tu corazón; no sea que Jehová lo mire, y le desagrade, y aparte de sobre él su enojo.»

En esos versículos aprendemos que no tenemos la labor de juzgar a los demás, sin importar cuán terribles hayan sido sus acciones. El verso 18 dice que a Dios puede desagradarle nuestra conducta y, a causa de eso, quitar la culpa de quien se lo merece. En otras versiones dice:

  • «Si Dios te ve, no aprobará tu conducta y se enojará contigo.» (TLA)
  • «Pues al ver eso el Señor no lo aprobará y entonces decidirá ayudar a tu enemigo.» (PDT)
  • «Pues el Señor se molestará contigo y quitará su enojo de ellos.» (NTV)
  • «Porque al Señor no le agradará ver esto, y entonces su enojo se apartará de él.» (DHH)

Por lo tanto, no debemos permitir que nuestros deseos de justicia y venganza nos hagan usurpar el lugar de Dios. Puede ser difícil no alegrarse cuando nuestros enemigos pasan por malos momentos, pero tenemos que recordar que debemos tratar a los demás así como queremos ser tratados (Mateo 7:12). Es más, Jesús nos ordenó amar a nuestros enemigos y hacer el bien a quienes nos odian y esto incluye a todas las personas: conocidos o desconocidos (Mateo 5:43-48; Lucas 6:27-36). Si realmente queremos ser luz en un mundo de tinieblas debemos empezar demostrando amor a aquellos que más lo necesitan.

 
 

El siguiente crédito, por obligación, se requiere para su uso por otras fuentes: Artículo producido para radio cristiana CVCLAVOZ.

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