Crisis de Coronavirus

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Amigos como antes, amigos no. Así de simple. Lapidariamente.

En estos días se celebra en Argentina el “Día del Amigo”. Merced a las exigencias de la lógica de género habría que decir “Día de la Amistad” si es que uno no prefiere “amigue”.

Como esta es una columna de Opinión y no de expertise sociológico, ofreceré algunas reflexiones. Improvisaciones más bien.

Amigos como antes

Tenemos la inclinación, nosotros los más viejos, a creer que los tiempos pasados fueron mejores que éstos. Antiguos y creíbles pensadores han argumentado que semejante postura es insostenible.

La gente es igual a sí misma desde su aparición en la tierra. Cambiarán entornos tecnológicos y conciencias sociales. Pero somos lo que somos. Podemos ser generosos o egoístas. Sinceros o mentirosos. Hedonistas o frugales. Sabios o ignorantes (esto último por decisión o por incapacidades naturales).

Yo mismo he escrito acá que la palabra tenía una fuerza irreductible. No se necesitaban escribanos, testigos o documentos. Pero la verdad es que cuando dos personas se quieren y respetan de verdad, no requieren tales tecnicismos, excepto los exigidos absolutamente por la ley. Eso también pasa.

Amigos… no

La lógica de internet y las redes sociales ha caracterizado la palabra amigo de un modo singular. Ha hecho posible que, aunque algunos lo sean de verdad, la gran mayoría no es más que imaginación. Nadie tiene 367 amigos verdaderos. O diez mil, para el caso.

El mismo entorno cibernético se llena de mensajes endulzados acerca de la amistad, especialmente en estos días. Sacados de libros o de poetas de ocasión, se alaban las virtudes de la amistad.

Amigos como antes, amigos no

La amistad es una decisión, no un don o una virtud invencible. Los más grandes amistades un día se pelean y se separan para siempre. Lo he visto y lo he vivido.

“Ah, te dicen, pero es que entonces eso no era amistad verdadera”. Para mí lo eran. Hubo un disenso insuperable y se terminó. Sucede. Y no hay ningún crimen en eso. Entonces, elegimos caminos que rompen esos lazos. Porque así somos. 

Un ejemplo de este aserto ha sido mi experiencia de haber estado en instituciones cristianas donde, por el trabajo y las actividades compartidas, parecía que seríamos amigos y amigas siempre. 

Pero cuando te alejas u otros se alejan de la institución, la amistad profesada se diluye como niebla otoñal al salir el sol. Y tengo que traer a colación, una vez más, aquella máxima de uno de mis inolvidables jefes: “Para mí, mis amigos con los que trabajan conmigo” (tuvo cuidado de no decir “los que trabajan para mí”).

Entonces, al final era “amigos no”; compañeros sí, colegas tal vez. Pero amigos, no.

¿Hay amistades que duran para siempre? Claro que sí. Pero para mí, eso no eleva la amistad a una condición divina. Es una decisión que tomamos. Es terriblemente humana. Humana.

Amigos, no. O tal vez sí… El caso es que la verdad termina siendo provisoria cuando uno profundiza en ella.


El siguiente crédito, por obligación, se requiere para su uso por otras fuentes: Artículo producido para radio cristiana CVCLAVOZ.

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