Crisis de Coronavirus

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Empezaré esta semana con un —siempre brevísimo— análisis sobre la posibilidad o la utopía de un mundo feliz. No es una lectura entretenida ni poética.

Igual les extiendo la invitación a leerlo y espero que tenga algún provecho. Si no, al menos habré hecho un intento honesto sobre algo que me parece urgente de pensar.

Desde la más remota antigüedad las criaturas humanas se han empeñado en la construcción y la vivencia de un mundo mejor. Desde los asuntos más básicos, como la alimentación, el vestido, la vivienda, el sueño ha progresado hacia otros asuntos, como el transporte, la organización social, el comercio.

Mas tarde se fueron agregando aspectos más abstractos como la educación, el entretenimiento, la religión y finalmente cosas más elevadas como la paz, la libertad, la justicia. En resumen, la posibilidad o la utopía de un mundo feliz.

Un mundo feliz como utopía

Los filósofos han reflexionado sobre una sociedad si no perfecta, al menos plena. Han formulado tesis sobre cómo se debe gobernar, quiénes deben gobernar, cuál es el propósito de la sociedad humana y qué tan iguales deben ser considerados sus integrantes.

La mayoría de los teólogos nos han dejado saber que no hay la posibilidad de un mundo feliz en la edad presente y ofrecen la imagen de un cielo y una tierra nueva (aunque la mayoría nos trata de convencer de que se trata más de un cielo que de una tierra).

Los pensadores y los teólogos coinciden —o deberían coincidir— en que no hay evidencias materiales, al menos por ahora, de un mundo feliz. En la historia, ninguna sociedad ha alcanzado el estándar como para ser considerada perfecta o plena. En la fe, el cielo es algo de lo que no tenemos evidencia empírica. Excepto por la fe, claro.

En ambos casos, se trata de una utopía. Algo respecto de lo cual no podemos señalar lugar alguno. Por ello debe ser que utopía, originalmente, quiere decir “ningún lugar”.

Un mundo feliz como posibilidad

Pasé el fin de semana leyendo mucho acerca de problemas sociales que hay en Argentina y América latina. El panorama se ve complejo. Sólo por nombrar una pocas cosas: inestabilidad política, inflación, pobreza, violencia, corrupción, narcotráfico, contrabando, ineficacia en el sistema educacional.

No parece haber mucha esperanza. Los filósofos han formulado nuevas teorías acerca de los problemas sociales de hoy. Los teólogos confirman su pensamiento de que no hay esperanza, que el fin de las cosas llegará muy pronto y que el mundo feliz será más allá.

Lo que me queda para pensar —con lo poco espiritual que les debo parecer— es lo siguiente: ¿No deberíamos trabajar más fervientemente por mejorar las cosas: participar, organizar, influir, educar, colaborar con las necesidades urgentes de los más necesitados?

¿Es posible que, como cristianos, sea lo que sea que creamos acerca del más allá, podamos colaborar con el más acá en tanto que no es posible?

Tal vez no sea un mundo feliz, pero al menos sería un poco mejor…


El siguiente crédito, por obligación, se requiere para su uso por otras fuentes: Artículo producido para radio cristiana CVCLAVOZ.

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