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Educación y preguntas

“Así, nunca vamos a salir adelante. Sin educación la gente no se hace preguntas: ni por qué vive como vive ni cómo se puede salir de aquí”

(Carlos, guía turístico de Rocinha, citado en un reportaje de La Voz del Interior)

Rocinha es la favela más grande de Sudamérica y una de las más habitadas. Los cálculos de población no son muy precisos pero oscilan entre 50 y 100 mil habitantes.

Está ubicada en medio de dos de los barrios más lujosos de Río de Janeiro. Este hecho subraya la obscena convivencia entre la extrema pobreza de los muchos y la riqueza de unos pocos, marca registrada de América latina.

Mucho se puede decir acerca de esto, empezando por preguntarse: “¿En serio hay gente que va a hacer turismo a una favela?” La miseria como entretenimiento…

En las pocas palabras de Carlos está sugerido un estudio profundo la pobreza en las grandes ciudades, imposible de abordar aquí.

Quisiera referirme a la afirmación “sin educación la gente no se hace preguntas” porque este es un tema que vengo siguiendo hace muchos años.

Efectivamente, la educación es un proceso que abre mundos desconocidos. Pero eso depende de qué tipo de educación se trate.

Hay educación que no libera ni permite preguntas. Es educación que impone, que aliena, que demanda aceptación incondicional. Declara, define, delimita.

Es una educación diseñada para proveer a los grupos dominantes un contingente de personas dóciles, funcionales y en definitiva obedientes.

Serán personas que ingresarán al aceitado y poderoso engranaje de la producción de una riqueza que nunca verán. O de una cultura en la cual serán siempre siervos.

Entonces, ¿cuál es la educación que libera?

Desde muchos ámbitos han venido respuestas y proposiciones que le han dado forma a la educación actual. Los resultados varían pero al final del día el balance es magro y triste.

Lo que está claro es que una educación que libere debería formar personas que resistan las formas de imposición política, económica, social o cultural que predominan hoy.

No serían personas dóciles ni ingenuas. Cuestionarían todo. Promoverían otras formas de hacer las cosas y explorarían otras posibilidades de construcción social.

Siempre surge la pregunta si la educación eficaz tiene que ver con edificios, aparatos, equipos y recursos financieros.

Pero parece que hay que preguntarse otras cosas. Cosas que tengan que ver con la justicia, la libertad, el amor, la igualdad.

Y también preguntarse qué personas son las que pueden impartir una educación de semejante calidad.

Cambiar la historia

Cada hombre es lo que hace con lo que hicieron de él

(Jean Paul Sartre)

Leí recientemente esta frase comentada en un matutino nacional. Creo que hoy Sartre habría tenido que buscar una palabra más correcta políticamente. Tal vez, “persona”.

Me interesan dos aspectos. El primero es que efectivamente somos el resultado de lo que nos enseñaron en la familia, en la escuela, en el trabajo, en la calle, en la iglesia. El otro es que ninguna historia, por más pesada que sea, es irreversible o inevitable. En algún momento es posible que podamos cambiarla.

La tendencia de la mayoría de las personas es seguir el modelo que les fue impuesto. Por comodidad, por no percibir otras opciones o porque el medio es opresivo. Va a ser preciso una experiencia dramática, una suerte de iluminación, alguien que nos muestre y nos abra un camino nuevo para lograr ese cambio. Debe ser un anhelo profundo, una disposición a enfrentar la crítica, el rechazo, el desapego. Algo menos que eso no inspiraría, creo, un acto supremo.

Siguiendo el razonamiento de Sartre, los mismos componentes que nos formaron pueden ser usados para hacer algo distinto. Hay que reexaminarlos, darles otra mirada, hacer una crítica profunda y honesta. Salirse de la baldosa y aprender a bailar en la oscuridad.

Por cierto es un proceso doloroso. Hay cosas que amamos. Hay cosas que nos resulta fácil hacer porque ya estamos acostumbrados y por lo mismo son sencillas de ejecutar. Lo otro requiere desdoblarse, desgajarse, desarraigarse. Quitar una a una las pieles que dieron forma a nuestro ser actual.

¿Por qué hacerlo? ¿Por qué no dejar que las cosas sean como son? Porque tenemos, como ninguna otra cosa en la creación, la opción de la libertad, la posibilidad de la autodeterminación.

La libertad no es gratuita. Siempre tiene un costo. Y es considerada peligrosa para la estabilidad de los sistemas humanos: políticos, económicos, religiosos, culturales. La persona libre puede escapar al control, a la manipulación, al arbitrio de una minoría dominante.

Quizá lo más peligroso de una persona libre es que puede inspirar a otros a seguirle el ejemplo. Por eso los dirigentes del sistema consideran absolutamente necesario neutralizarla a cualquier costo. Y en ello, como ya hemos afirmado aquí antes, las instituciones se han provisto de sutiles y efectivos medios de disuasión, algunos de los cuales no sería posible, ni conveniente, nombrar aquí.

Melodrama

(Una de las cosas que aprecio de este espacio es la libertad de que dispongo en cuanto a los temas. En pleno uso de esa facultad hoy les ofrezco unas ideas absolutamente ajenas al medio en que me encuentro. Por eso advierto que esta nota es apta sólo para gente sensible a “otra” música.

Una vez – o dos – escribí que toda la música que me gusta, que sigo y que escucho no es más que una serie de notas pie de Samba pa’ ti de Carlos Santana.

Algunas precisiones son necesarias. La primera es que no es desconocido para mis amigos y colegas que, salvo pocas excepciones, prácticamente no escucho la música que emiten los medios cristianos. Las razones deben quedar en evidencia para quienes leen habitualmente este blog.

La segunda es que eso de notas al pie es una bastante inapropiada copia de una afirmación de Alfred North Whitehead, uno de los mejores exponentes de la llamada filosofía de proceso: “Toda la filosofía occidental es una serie de notas a pie de página de la filosofía platónica”.

Finalmente, sobre gustos de música no es posible escribir nada excepto cuestiones personales que están muy lejos de constituir pensamiento universal.

Samba pa’ ti es un clásico que me atrapó cuando era adolescente y nunca más me dejó. No me importa en realidad lo que piense la gente respecto de tal música. Espero que el sentimiento sea mutuo.

Algunas personas podrían decir que me equivoco. Que es mejor Comfortably Numb, o Wild Horses o Stairway to Heaven. No los contradigo en modo alguno.

El impacto profundo, la sugestión de un mundo imaginario donde son proyectados todos los sentimientos que nada ni nadie pudo interpretar, la cadencia que se va transformando en un reclamo visceral y finalmente violento, todo eso y más constituye el anclaje que ha hecho de este tema mi música de cabecera.

Escucho otra música por cierto. Pero para celebrar un momento especial en la boda de mi hija Cristina, o en un sensible homenaje en mi cumpleaños, incluso como tema de fondo para mi inevitable futuro funeral, no hay otra pieza instrumental que yo quisiera.

Samba pa’ ti tiene el sonido que me imagino tiene mi pensamiento, mi corazón y mis emociones en ciertos momentos. En otros, prefiero leer el diario, algún libro de literatura francesa o salir a tomar un café con leche a Amélie.

Cosas de uno no más…

Un poco de claridad

Volvamos a este asunto de la ayuda y de la ministración para los creyentes. Sobre el ochenta por ciento – un número conservador – del contenido de los libros, artículos y programas de los medios de comunicación del rubro tratan con los problemas y necesidades que tienen las personas que (según el discurso predominante) han encontrado la victoria, la vida abundante o la libertad en Cristo.

Esa es la ironía: los más necesitados parecen ser los que han gustado el don de la salvación. Así que estamos obligados a preguntar de qué se ha salvado la gente que dice que se ha salvado. Si es solamente de un futuro fuego del infierno no queda muy claro qué continúan haciendo en el mundo los que han recibido a Cristo. Si se trata solamente de salvarse del incendio, ¿cuál es el sentido de seguir enfrentándose con los peligros y tentaciones de una existencia terrenal insegura y compleja?

Entonces habría que preguntarse si la obra de Cristo tiene que ver con algo más que la felicidad y el bienestar personal. Porque en la vida presente tales dones no están garantizados. Vivir es adverso las más de las veces. Las relaciones más importantes se resienten y se quiebran. La salud del cuerpo es no pocas veces precaria. Hay pobreza, violencia, maltrato y abuso, crimen, corrupción, destrucción ambiental y todo eso en nuestro mundo cotidiano.

Si uno viniera de una galaxia distante y revisara el contenido de la literatura y los medios cristianos de comunicación concluiría que ser cristiano no difiere mucho de quien no lo es. La diferencia estaría solamente en la práctica del culto y de la iglesia.

Así que tendríamos que asumir una de dos: a) la vida, sea uno cristiano o no, es complicada y no pocas veces desagradable y de lo que hay que ocuparse no es tanto de la propia felicidad sino de mejorar el mundo en el que vivimos; o b) el cristianismo no es tan increíble como se dice y los cristianos tienen que pasar la mayor parte del tiempo sanando de dolencias físicas y espirituales y protegiéndose de sus debilidades hasta que por fin puedan llegar al cielo tan anhelado. En este último caso habría que quitar del discurso evangelístico eso de la vida abundante, la paz y la libertad.

Un poco de claridad ayudaría bastante. Me parece.

Bailando en la oscuridad

“La vida fuera de la baldosa, bailando en la oscuridad.”

(Yo, hace algunos años en otro artículo)

No sé si a toda la gente le pasa lo mismo. Hay un instante en la vida que parece definirlo todo. Que ofrece con cruda honestidad la posibilidad de confrontar lo aprendido, de “salirse de la baldosa” en la que uno ha estado parado siempre. A lo mejor no le pasa a todos. O a lo mejor sí, pero muy pocos lo ven y responden.

Eso de la baldosa surgió una vez que estaba hablando con alguien acerca de ese instante y mencioné aquel viejo twist de Rafael Peralta que decía en alguna parte “Sólo contigo mi preciosa yo bailo en la misma baldosa”. Y se me ocurrió que todos vivimos con un conjunto de creencias y convicciones que forman nuestra baldosa, el piso en el cual nos movemos y desde el cual miramos el mundo y juzgamos las cosas.

Pero salirse y mirar desde afuera lo que creemos y somos es algo que sólo puede hacerse si uno ya traía preguntas desde temprano en la vida. Preguntas sin respuesta. Una inquietud previa: “¿Y si las cosas no fueran así..?” La mayoría se acomoda. Se queda en esa zona de confort donde todo está respondido y todo está asegurado. Viviendo como si la verdad fuera una cosa pequeña, asible, definitiva y total.

Es irónico que la declaración de Jesús – la verdad os hará libres – en nuestro mundo evangélico funcione al revés. Una vez recibida la “verdad” la gente ya no piensa más, ya no cuestiona más, ya no confronta nada. Es como si se congelaran para siempre las preguntas que uno tenía antes de entrar en el sistema. Es como quedarse dentro de una jaula invisible que impide la libertad de pensar y pensarse de nuevo cada vez que es necesario y posible.

Salir a la intemperie. Abandonar la comodidad de los sistemas, volver a la Palabra y preguntarse: “¿Es esto así?” Salirse de la baldosa y bailar en la oscuridad donde por un tiempo no hay nada seguro, sólo exploración, interpelación y duda.

Y conoceremos, y proseguiremos en conocer a Jehová; como el alba está dispuesta su salida, y vendrá a nosotros como la lluvia…” (Oseas 6:3)

No es adorable ese proseguiremos? No hay nada terminado. Hay más búsqueda y más encuentro – aunque a veces sea terrible bailar solo, en la oscuridad…

¿Estás ocupando el lugar que te corresponde?

Cuando vamos de visita en la casa de un conocido, por lo general, nos limitamos a sentarnos y hacer muy pocos movimientos por respeto y temor; no podemos movernos con libertad a su cocina o peor aún ingresar a los dormitorios porque somos invitados. Pero si estamos en nuestra casa, tenemos esa libertad de movimiento, podemos pasar a cualquier ambiente porque existe la confianza suficiente para desplazarnos libremente y sin temor.

A diario nos enfrentamos con situaciones difíciles y es ahí donde podemos percibir que muchas veces no estamos ocupando el lugar que nos corresponde y estamos actuando como completos desconocidos ante Dios, aun sabiendo que somos sus hijos.

“Miren con cuánto amor nos ama nuestro Padre que nos llama sus hijos, ¡y eso es lo que somos! Pero la gente de este mundo no reconoce que somos hijos de Dios, porque no lo conocen a él.” 1 Juan 3:1 (NTV)

El título de “hijo” viene con privilegios y uno de ellos es que podemos correr al Padre en todo momento, contamos con su ayuda, tenemos su amor a pesar de nuestras malas acciones, etc.; pero en ocasiones la culpa, la vergüenza, el enojo, el temor son más fuertes.

Cuando estás viviendo momentos dolorosos ¿tienes esa confianza para correr a Dios o te comportas como un desconocido?

Si tus errores te han convertido en un completo extraño ante Dios, hoy te animo a recordar quién eres y a tomar el lugar que te corresponde. Lucha para que el enemigo no te convierta en un esclavo del pecado porque tienes un Padre que te defiende, te bendice y te levanta.

“Así que ahora ustedes, los gentiles, ya no son unos desconocidos ni extranjeros. Son ciudadanos junto con todo el pueblo santo de Dios. Son miembros de la familia de Dios.” Efesios 2:19 (NTV)

Por: Judith Quisbert

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Hay libertad en Dios

“Así que si el Hijo los libera, serán ustedes verdaderamente libres”. Juan 8:36 (NVI)

Hay personas que tristemente se inician en el vicio de la bebida, por la mala influencia de su entorno. Ellos piensan que no es una atadura y que en cualquier momento pueden dejarlo, aunque al tiempo caen en cuenta, que sin la ayuda adecuada les resultará muy díficil dejar de tomar. Es importante recordar que Jesús pagó un alto precio derramando su sangre para hacernos libres del pecado y de toda atadura. “Así que si el Hijo los libera, serán ustedes verdaderamente libres”. Juan 8:36 (NVI) Por lo tanto, busca ayuda y pídele a Jesús que rompa en tu vida toda cadena de adicción. El puede hacerte completamente libre.

Por Danitza Luna

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Artículo producido para Radio Cristiana CVCLAVOZ.

¿Qué pasa si no quiero perdonar?

Tiempo atrás, conversaba con alguien sobre la importancia del perdón. En la conversación surgió la pregunta “¿y qué pasaría si no quiero perdonar la ofensa?” Para explicarle a las malas consecuencias de guardar resentimiento contra alguien, le conté una historia:

Mi historia

Una vez alguien me hizo algo que afectó gran parte de mi vida. Durante un buen tiempo, esa persona se dedicó a esparcir información sensacionalista y falsa sobre mí que todos creyeron. Esto hizo que, sin conocerme, las personas tengan listas etiquetas para describirme, señalarme y rechazarme. En aquel tiempo, pese a que sabía que esa persona era la responsable, nunca hice nada por encararla ni pedirle explicaciones. Mi indiferencia ante los comentarios del resto solo ayudó a que las calumnias se hicieran más fuertes y mi vida se convierta en algo muy parecido a un infierno. Sin embargo, un buen día, esta persona se acercó a mí, llorando y confesando lo que había hecho. Entre lágrimas al final me dijo: “¿puedes perdonarme?”

Me quedé paralizada.

Había esperado palabras hipócritas de su parte, porque aunque hablaba mal de mí, nunca dejaba de tratarme como si yo fuera su amiga más íntima. Y cuando escuché su pregunta, me vino a la mente todo lo que otros me hicieron por culpa de los falsos rumores que esa persona había esparcido. Pensando en retrospectiva, puede que ella haya sido quien puso la semilla, pero los que se encargaron de nutrirla con más mentiras y rechazo, fueron los demás. Por todo esto, lo primero que se me vino a la mente fue:

“Lo siento, pero no puedo perdonarte. No puedo perdonarte porque decir que «lo sientes» o que «te arrepientes», no repara el daño que hiciste. ¿Te parece bien si te apuñalo con un cuchillo y luego te pido perdón? No. Mis palabras no sanarían tu herida y así tampoco las tuyas sanarán la mía.

En mi cabeza habían miles de pensamientos enredados y en conflicto, pero no podía articular ninguno de ellos. Me quedé en silencio, y antes que me diera cuenta, de mis ojos brotaban lágrimas de ira. Esa persona siguió hablando, pero nada de lo que dijo podía hacerme cambiar de opinión. Intentó abrazarme, pero no me moví. Se fue y ni siquiera levanté mi vista para ver su silueta. Desde ese día, fue como si me hubiesen puesto un enorme peso encima que ni yo sabía que existía.

Es irónico pensar que antes de ese incidente, yo le restaba importancia al asunto y no tenía ninguna clase de sentimiento negativo hacia esa persona. Pero cuando me pidió perdón, fue como si el daño que me hizo se hubiese concentrado y convertido en una piedra invisible que debía cargar. Prefería cargar ese peso y no perdonarla porque, en mi ingenuo pensamiento, esa era mi forma de castigar a esa persona.

Esto continuó por años. Intenté olvidar lo sucedido y dejar el pasado en el pasado, pero solo era un cuento que me repetía a mí misma. Hasta que un día me puse a pensar en los miles de errores que cometo a diario y cuántas personas ofendo a propósito y sin intención, y me di cuenta que realmente necesitaba el perdón de otros. Pero esto me enfrentó con la realidad. ¿Cómo podía pedir perdón si yo misma no había perdonado? Lamentablemente, esa persona prácticamente desapareció y no tuve forma de comunicarme, así que lo único que hice fue orar y decir al aire: “××××××, te perdono”.

Está por de más decir que el peso del odio desapareció y por fin pude tener libertad. Aquel día entendí que para perdonar hace falta reparar el daño, pero que eso no sirve como condicional. El perdón debe ser parte de nuestras vidas porque quien no perdona es el que se lleva la carga y no aquel que ofendió. No siempre es fácil hacerlo, pero tampoco es una excusa para dejar que sus raíces se hagan tan fuertes que con el tiempo cueste aún más sacarlas. Además, debemos perdonar si queremos ser perdonados (Lucas 6:37).

 

 

Originalmente publicado en: https://wp.me/p9gNWh-5N

El siguiente crédito, por obligación, se requiere para su uso por otras fuentes: Artículo producido para radio cristiana CVCLAVOZ.

Cadenas de la libertad

Tal vez valga el esfuerzo reiterar en este espacio la íntima relación que existe entre verdad y libertad. Cuando la gente lee que la verdad los hará libres reduce el alcance de esta formidable declaración al acotado ámbito de la liberación de los pecados. Siendo correcta la aplicación, debemos puntualizar que es desesperantemente corta de vista. Y equívoca además en lo que a libertad se refiere.

Insuficiente porque la verdad es tal que supera largamente el efecto de blanqueamiento de la conducta. Equívoca porque la realidad muestra que cuando las personas entran en el campo de acción de la institución religiosa son aherrojadas por un cúmulo de regulaciones, preceptos y tradiciones que no hacen más que someter al liberto a una nueva forma de esclavitud. Una esclavitud trágica porque es ejercida irónicamente en nombre de la libertad que se suponía iba a otorgar la fe.

El conocimiento de la verdad – al menos el conocimiento de la verdad supuesto por quien hizo esta declaración – debe abrir puertas a nuevas esferas de la mente; debe levantar otras preguntas. Debe permitir a la gente cuestionar, indagar, incluso dudar si eso se hace necesario cuando hay poca claridad o confusión en los conceptos. Debe hacer sensible a las personas a las cuestiones que pertenecen a la vida de la sociedad y de la cultura; debe penetrar los ámbitos de la política, la economía, la educación, el arte, el mundo laboral, sólo por nombrar algunos.

No tengo ya casi memoria de cuántas veces he expuesto en libros, conferencias, artículos y entrevistas este imperativo de la verdad que alegan tener los creyentes. Y ya casi no tengo memoria de lo infructuoso de este anuncio. La comunidad religiosa se encuentra tan satisfecha con el estructurado paquete de verdades funcionales a toda prueba que le ha sido inoculado en la mente que el reclamo que hacemos aquí y en otros sitios de tanto en tanto es percibido como una rareza, un pelo en la leche impecable del conocimiento estándar predominante.

No queda otra cosa que seguir soñando con una generación que revise y reforme el entendimiento de esta portentosa declaración que duerme el sueño injusto de la indiferencia y la comodidad: conocerán la verdad y la verdad los hará libres.

Ora y comparte el mensaje de Jesús

“… ¿cómo puede alguno entrar en la casa del hombre fuerte, y saquear sus bienes, si primero no le ata? Y entonces podrá saquear su casa.” Mateo 12:29 (NTV)

Estoy seguro que cada uno de nosotros tiene un familiar, amigo o persona conocida que aún no ha recibido a Jesús en su corazón. ¿Qué podemos hacer para ayudarles? La Biblia dice que vayamos y enseñemos el mensaje de Jesús para que sean libres. (Mateo 28:19-20)

Lo que quiere decir es que nosotros, quienes hemos sido rescatados y gozamos de la verdad del evangelio, tenemos ahora la responsabilidad plena de compartir el amor de Dios y guiarlos a la salvación eterna.

Pero, también debemos saber y estar conscientes que hay un enemigo contra quién luchar. El Señor Jesús dijo que, si queremos sacar bienes de la casa de un hombre fuerte, primero tenemos que atarlo. Esto explica que satanás es el hombre fuerte y sus bienes son las personas que mantiene bajo su poder. Entonces, si deseamos ayudar a la gente a ser libre del poder del diablo, primero debemos atar su poder.

Jesús dijo: “Tengan la seguridad de que les he dado autoridad de aplastar escorpiones y serpientes, y autoridad sobre todo el poder del enemigo. Nada les hará daño.” Lucas 10:19 (PDT)

No olvidemos que estamos en una batalla espiritual en la  cual somos responsables de luchar (con armas espirituales) por la vida de nuestros seres queridos. Por lo tanto, no dejes de orar por esa persona que aún no ha aceptado a Cristo en su corazón y declarar victoria sobre su vida.

“… todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos.” Mateo 16:19.

Persevera en oración y no te des por vencido. Es necesario que sigas orando y no desmayes. La respuesta llegará y la persona por quién estás clamando será libre.

Dios te dio autoridad y te llamó para ayudar a los que están perdidos.

 

 

El siguiente crédito, por obligación, se requiere para su uso por otras fuentes: Artículo producido para radio cristiana CVCLAVOZ.

¡Él te ha hecho libre!

“Yo soy Jehová tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre.” Deuteronomio 20:2 (RVR1960)

El pueblo de Israel estuvo esclavizado en Egipto por mucho tiempo, hasta que Jehová los liberó y los condujo hasta la tierra prometida; aunque tardaron 40 años a causa de su rebeldía, la promesa fue cumplida y ¡fueron liberados!

Nosotros también podemos estar sometidos a la esclavitud que no es física solamente, sino espiritual, la del pecado. Esta esclavitud no tiene compasión de nadie, aprisiona a todos sin importar edad, sexo o estatus; trae destrucción no sólo al cautivo sino también al entorno, acabando con familias, vidas e incluso la relación con Dios.

En cambio la libertad dada por medio de Jesús, es llena de gracia y misericordia, pues a pesar de que podemos caer, ella no nos desecha, al contrario, nos levanta y nos ayuda a seguir adelante.

Pero debemos tener mucho cuidado de conservarla, no vaya ser que nuevamente nos entreguemos a la esclavitud, como dice Gálatas 5:13 (RVR1960) “Porque vosotros, hermanos, a libertad fuisteis llamados; solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros.” Gálatas 5:13

No des paso a nada que te aleje de Dios, ni seas rebelde ante su guía, sigue sus instrucciones y cumplirás lo que Él tiene para tu vida, planes de bien y no de mal.

¡Él te ha hecho libre!

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Uniforme de autoridad

Carlos se encontraba estacionado en una esquina a altas horas de la noche, de repente vio correr a un hombre con un arma en la mano hacia su auto; asustado presionó el acelerador e intentó huir, pero el individuo le disparó, haciendo que Carlos chocara su carro y resultara lesionado. El atacante era un policía civil que dijo haber confundido a Carlos, creyendo que era un ladrón.

Es lamentable que sucedan estos hechos, pero nos enseñan una gran lección. Un policía que no usa su uniforme pierde un cincuenta por ciento de la autoridad que tiene porque al verlo de civil con un arma, resulta fácil confundirlo con un delincuente, como sucedió con Carlos.

Algo similar podría suceder en nuestro diario vivir, puesto que debemos estar conscientes que cada día enfrentamos una guerra espiritual constante.

El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; a predicar el año agradable del Señor.” Lucas 4:18-19

El uniforme de un policía representa el Espíritu del Señor en nuestras vidas, no podemos salir a la calle y ejercer las funciones de un hijo de Dios sin estar llenos de la presencia divina, de lo contrario no tendremos autoridad para combatir los ataques del maligno.

Un cristiano debería presentar autoridad espiritual, es decir, tener poder sobre el mal, ¿Tienes autoridad? El Señor te ha dado la potestad para atacar al enemigo, si alguien está enfermo, afligido o esclavo de algún vicio, no necesitas llamar a un pastor o ministro simplemente debes armarte de valor y orar por ellos, puesto que Dios respalda a sus hijos.

En esta oportunidad te animo a reflexionar sobre tu estado espiritual, quizá estás perdiendo muchas bendiciones por descuidar la presencia del Señor en tu vida, busca a Dios y pídele que te ayude a tener autoridad, que los demonios te conozcan y tiemblen, así como cuando escuchan el nombre de Jesús.

Por Shirley Chambi

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Este artículo fue producido por Radio Cristiana CVCLAVOZ.

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