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A estas alturas

Hace unos diez años o más – la cosa es que ya no me acuerdo bien – estaba hablando con una doctora que quería ayudarme a resolver mis conflictos psicológicos a causa de recientes y catastróficas rupturas.

En un momento le dije algo como “lo que pasa es que a estas alturas…” y me interrumpió rápidamente: “Nada de ‘a estas alturas’, me dijo, la vida no ha terminado”. Es verdad, pero igual…

A estas alturas ya no me importa si salí de mi casa con el pelo desordenado o si la gente se da cuenta que mis calcetines tienen un corte para que no me lastimen la piel.

A estas alturas me halaga, en lugar de ofenderme, que me digan algo como “Eres como los niños”. Tengo una resistencia persistente y orgánica a madurar.

A estas alturas no me seducen los romances o enamoramientos vespertinos, aunque fui enseñado recientemente que al amor hay que respetarlo en todas sus expresiones, aunque uno sea un exiliado voluntario de sus territorios.

A estas alturas me acurruco en el rincón más agradable de mi jardín secreto; allí me sale el habla que les mento aquí y también ciertas reflexiones inconfesables respecto de doctrinas, instituciones y señores gobernantes. Verdaderos interesados pueden consultarme en mi correo personal.

A estas alturas derivo rápidamente a los jóvenes toda visión sobre proyectos de alcance mundial y las grandes producciones que se proponen llegar a todos los rincones del planeta. Me pasa que no puedo creer que el amor de Dios sea reemplazado por artilugios virtuales diseñados a considerable distancia de la realidad.

A estas alturas ya no me sale inclinarme respetuosamente ante los dignatarios, los miembros del sagrado colegio y sobre todo ante esas criaturas devenidas celebrities que inventaron una canción, una película, un sistema de auto ayuda magnífico o un personaje chistoso. Sobre todo, ante ellos no. Si no puedo evitar estar en la zona me quedo a cierta distancia procurando por todos los medios pasar absolutamente inadvertido.

A estas alturas procuro diligentemente seguir confrontando mis creencias a ver si todavía puedo descubrir cosas nuevas y conquistar más espacios de libertad, paz e independencia de funcionarios y controladores.

A estas alturas, al menos esas cosas me puedo permitir, ¿no les parece?

Libérate del miedo

“Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas.” Josué 1:9 (RVR1960).

El miedo muchas veces nos lleva a creer que no podemos alcanzar aquellas cosas que queremos, nos limita y hasta podemos caer en el error de aceptarlo como algo normal.

Pero no es así, Dios no quiere que vivas con miedo ni limitaciones, quiere que seas libre y que puedas ver tanto tu presente como tu futuro con optimismo y entusiasmo.

Hoy te animo a creer la Palabra de Dios y a confiar en que Él va contigo y que no te dejará bajo ninguna circunstancia. No permitas que el miedo te inunde; dejar que el miedo te domine es auto limitarte, puedes ser libre de él, comienza creyendo que Dios es suficiente para protegerte y darte las fuerzas para vencer.

Por Cesia Serna

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Artículo producido para Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Victoria final

Como ya debo haber dicho aquí, resulta que le gané la guerra al miedo, la culpa y la vergüenza.

No es una declaración menor. La vieja mochila del pasado se te pega a la espalda, sanguijuela invisible que te chupa las fuerzas y la esperanza.

Zafarse de los temores antiguos, patear de una vez por todas las condenas de la tradición y la palabra mal entendida, reconocer nuestra desnudez como una condición universal. Esta es la crónica del nuevo tiempo.

El estúpido peso de las cuestiones en las que te han instruido se despeña por las orillas del libre conocimiento. La vida se levanta en alas de una exégesis inteligente y renovada. La memoria se desprende de la rémora de los días con la fuerza de una libertad recién inaugurada.

Hay victorias que no son emocionantes o intoxicadas de alegría. Son tensas y agotadoras. Porque no sólo se lucha contra los propios fantasmas sino contra los juicios del sistema y contra la vigilancia de los guardianes que espían cualquier asomo de rebelión.

Sí, porque no es otra cosa que rebelión vencer el obstáculo de la tradición y la sagrada pedagogía inventada por los hombres. Es una insurrección premunida con las armas de la libertad y la esperanza.

Pero, ¡cómo te envidian la libertad!

Te endilgan versos aleccionadores, te recuerdan los teoremas de la institución, te pronostican fuegos interminables. Porque el miedo, la culpa y la vergüenza se resisten a abandonar su brutal magisterio, su oscurantismo milenario.

Pero ya en el crepúsculo del tiempo pude darme cuenta de la precariedad de sus fundamentos, de la debilidad de sus argumentaciones, de la ridiculez de sus pretensiones.

Saludo la victoria final.

El que lea, entienda.

Y el que no, que no.

Los centinelas

Los centinelas y comisarios están atentos a la gramática de los discursos y el tono de las conversaciones. Sus oficiales de la censura revisan cuidadosamente escritos y videos en redes sociales. Itinerarios, agendas, tiempo libre y amistades son objeto de minucioso escrutinio.

¿Cuál es el motivo de tan intensas actividades?

Asegurar larga vida a las instituciones. Conservar la solidez de la estructura. Proteger los sólidos intereses materiales, la fama y el prestigio de los dirigentes. Fortalecer la línea de mando.

Para justificar su tarea, los vigilantes invocan entre otras cosas los sagrados postulados constituyentes, el bienestar de la mayoría, el orden establecido, la tradición, el sentido común, la paz y la estabilidad.

Se declaran protectores de la verdad, defensores del Libro, guardianes de la doctrina, garantes del correcto conocimiento de las cosas.

Serán los llamados a negociar, en primera instancia, con los disidentes. Citarán a los extraviados a sus solemnes tribunales y procederán a la delicada tarea de persuadirlos a que abandonen sus peligrosas posturas.

“La institución los necesita, les dirán. Es verdad, los líderes son siempre un poco rebeldes y la institución será embellecida con esa pasión, les aseguran.

“Pero deben entender que hay que cuidar algunas cosas muy importantes. Hay que usar siempre un tono respetuoso. Hay que observar los estatutos, las leyes fundamentales que dan sentido y dirección a la institución.

“Y, muy importante, tienen que entender que la mayoría de las personas está contenta con el actual estado de cosas; ¿para qué perturbarles con ideas que a lo mejor ni siquiera entienden? El mucho pensar no es tan bueno hay veces…”

Si los insurrectos son persuadidos, se habrá ganado una batalla más a favor del status quo y los vigilantes pueden regresar satisfechos a sus labores habituales.

Pero si persiste el clima de disidencia, los vigilantes deberán mezclarse con la inmensa mayoría a fin de advertirles que un peligro se cierne sobre la institución y que deben evitar el contacto con los provocadores. Casi siempre los vigilantes ganan y la institución permanece.

Pero si la institución llega a estar realmente en peligro, medidas de mayor contundencia son requeridas y para entonces, ya no son los vigilantes quienes se harán cargo. Para estas ocasiones, las instituciones tienen sofisticados y complejos sistemas de autopreservación.

Basta mirar a la Historia.

Fue culpa mía…

“Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; Y tú perdonaste la maldad de mi pecado”. Salmos 32:5 (RVR1960)

Quizá tenías la oportunidad de evitar grandes problemas en tu matrimonio; hubiera sido posible aprobar esa materia, si tan sólo le hubieras dedicado el tiempo que se merecía y así pudiéramos continuar enumerando situaciones que aparentemente estaban en nuestras manos, pero que por negligencia las dejamos caer. Pero ¿de qué sirve tener que recordar la culpa con dolor si no hacemos nada para tratar de remediarlo?

Quedarse encerrado en la culpa es como apagar la esperanza y seguir cavando el pozo para que nuestra caída se haga más profunda, lo cual no nos permite experimentar la misericordia de Dios. Si te has sentido culpable por situaciones que podrías haber evitado, déjame decirte que no todo está perdido, porque en Jesús se encuentra la esperanza. Él dio su vida para llevar toda culpa sobre sus hombros, ya no sigas llevando una carga que no te pertenece, entrégalo en sus manos y permítete ser libre.

Por Ruth Mamani

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Artículo producido para Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Le sigo pidiendo a Dios

Hace unos años escribí aquí el texto “Sólo le pido a Dios”. Por cierto, saben que así se titula una canción de León Gieco.

En aquella ocasión pedí públicamente algunas cosas que debían – y deben – ser vistas como un libre ejercicio del arte literario y de la poesía. Qué era real en esos petitorios no era ni será explicado.

Así que pensé en renovar aquel ejercicio para el beneplácito de alguna audiencia y cierto malestar de otra.

Le sigo pidiendo a Dios…

El libre y continuado ejercicio de la libertad. El agradable y temperado servicio de la paz. Decir con más desplante y fuerza la verdad acerca de lo que pienso. Seguir destruyendo de este modo el imperio del miedo y del control.

Poder irme alejando de lo poco que deseo, pese a que ya lo deseo bien poco. Amistarme con  el rigor del cuerpo adverso, aceptarlo con un poco más de paciencia. Resistir la tentación de los “años dorados” y el “corazón joven” y reconocerme en el tiempo que vivo. Que pueda acordarme de los tiempos lindos recientes, no sólo de aquellos de los años sesenta o setenta.

Una ordenanza municipal que prohíba y haga cumplir la prohibición del uso de escapes libres en motos y automóviles. Cafés y restoranes donde no haya más televisores ni música estridente. Semáforos adecuados para peatones para que no tengan que adivinar en qué momento poder cruzar la calle. Un hogar lindo para los perros de la calle.

Una cabaña cerca del río y de un pueblo donde haya cafés y libros. Fresca en verano, tibiecita en invierno. Con una galería al frente para sentarme a mirar las montañas y sentir el viento entre los eucaliptus o los álamos

Una considerable cantidad de cuadernos de tapas negras y hojas amarillas sin líneas. Una provisión permanente de café en grano. Poder recuperar los libros que tengo esparcidos por varios lugares y tenerlos en un solo lugar.

Un living grande donde reunirnos con amigas y amigos a hablar de libros, de cine, de música, del mundo real y hacer planes. Y llevarlos a cabo hasta donde sea posible.

Un amigo o una amiga que siempre pueda llevarme en auto porque no quiero manejar. Un teléfono que me sirva principalmente… para hablar por teléfono.

En algún otro capítulo de estas peticiones me he de referir a mis deseos finales. Por ahora no es necesaria semejante preocupación.

Mi estado

Se me ocurrió ir poniendo algunos fragmentos de viejos escritos en el llamado “estado de WhatsApp”.

Es una rendición, lo confieso. Siempre sentí que esas cosas eran la expresión moderna de la copucha y el pelambre.

Pero con el tiempo fui descubriendo, o dándome cuenta, que todo no es más que una especie de eterno retorno. Lo que ayer hacían los chasquis y las señales de humo hoy lo hacen Instagram y WhatsApp.

Solía indagar en mis pasados escritos para angustiarme porque sentía que todo eso pasaba sin pena ni gloria por el blog.

Me dolía que la inmensa mayoría prefiera saber qué debe hacer para no caer en la tentación que reflexionar en la inexcusable ausencia de los creyentes en el mundo real.

Ahora ya no me va doliendo tanto. Aceptar la idea que la gente prefiere pensar en sí misma y no en lo otro tiene un componente terapéutico: es nada más que la marca de la época.

Lo que pasaba era que yo creía que a los cristianos les importaba el mundo real pero no es así. Y asumirlo me va calmando los nervios, tensados por tanta indiferencia.

Volvamos a los “estados”.

Como algún escriba viejo, voy sacando cosas nuevas y antiguas. Voy descubriendo que todavía todo me interesa, todo me inspira, todo me despierta el ser.

Algunas mañanas, en mi cabaña del campo donde Fernando, vibraba con el color de los crisantemos, la majestuosidad de los álamos, la música de Sabina, el aroma del café recién hecho en la cocina y la soledad recién estrenada.

Otras, en medio de los cerros de Bialet Massé, me arrastraba entre los escombros de la tristeza, intentaba componer una canción de esperanza, buscaba el consuelo de una rosita que abría sus primeros pétalos, acomodaba la leña en la tibia salamandra de la sala.

A medida que avanzaba el tiempo me pasó algo extraordinario: abandoné – o me dejó, o decidí, no sabría decirlo – el pedregoso y oscuro sentimiento del miedo, la culpa y la vergüenza.

Esa formidable conquista – el no andar lamentando nada y sentirme bien de una buena vez – se sumó a otras dos vespertinas conquistas: la libertad y la paz.

Así que proponer en pocas palabras los diversos estados del ser en el cuadrito de WhatsApp constituye una discreta algazara interior porque constato que sigo vivo.

No es una gran cosa pero, qué quieren que les diga: sigo vivo.

Regresa a Él

Todos en algún momento hemos tomado un rumbo equivocado en nuestra vida. En una ocasión, Jesús relató la historia de un joven (Lucas 15) que había tomado una serie de malas decisiones, sufriendo después las consecuencias de las mismas, por lo que pensaba que no merecía perdón. Sin embargo, después de todos sus fracasos, hizo una cosa buena. “Y volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre! Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti.” Lucas 15:17-18.

La historia nos recuerda que mientras estemos vivos podemos volver a nuestro Padre y tomar decisiones correctas. Quizás hoy te encuentras apartado de Dios y piensas que ya no tienes perdón. Pero quiero que sepas que “El Señor es compasivo y misericordioso, lento para enojarse y está lleno de amor inagotable. No nos reprenderá todo el tiempo, ni seguirá enojado para siempre.” Salmos 103:8-9 (NTV)

Dios anhela que regreses a Él, mira lo que dice su palabra:

“Si regresas a mí te restauraré para que puedas continuar sirviéndome. Si hablas palabras beneficiosas en vez de palabras despreciables, serás mi vocero…” Jeremías 15:19 (NTV)

“Si te vuelves al Todopoderoso, serás restaurado, por lo tanto, limpia tu vida. Job 22:23 (NTV)

Sólo necesitas entrar en razón como aquel joven, reconocer que estás equivocado, arrepentido de tus decisiones y volver a Dios. No necesitas justificar tus errores ni dar explicaciones de tu pasado. El Señor dice: “Cuando ustedes me busquen, me hallarán, si me buscan de todo corazón.” Jeremías 29:13.

Si tú regresas a Dios y dejas el pecado, serás restaurado. De la misma manera, también habrá fiesta y alegría en los cielos por ti.  No esperes más y acércate a tu Padre Celestial.

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Artículo producido para Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Rebelión revisitada

La forma más elemental de la rebelión, paradójicamente, expresa una aspiración por el orden

(Albert Camus, El hombre rebelde)

La condición humana es injusta y hay poco lugar para la esperanza. Albert Camus creía esto pero sostenía que viviría en rebeldía permanente contra esa realidad.

Dice en una parte del libro mencionado: “Éste (el rebelde metafísico) se alza sobre un mundo destrozado para reclamar la unidad. Opone el principio de justicia que hay en él al principio de injusticia que ve practicado en el mundo.”

La rebelión contra cualquier sistema se inspira en la idea de que una vez eliminado éste se construirá otro orden. Pero lo que observa Camus es que el rebelde cuando ha vencido se alza como un nuevo poder.

Y ese nuevo poder con toda seguridad será injusto y opresor – de una manera distinta al anterior pero injusto y opresor al fin. De ahí la desesperanza.

Me atrae y me convoca la rebelión. Tengo la esperanza de un orden más justo y liberador aunque sea una ilusión, pero no quiero vivir aceptando el orden actual.

Si no me rebelo estaría diciendo que acepto, o que no me importa, que haya dictaduras y democracias dictatoriales, destrucción del medio ambiente, violencia y manipulación institucional, abuso de autoridad, guerra, narcotráfico, trata de personas, pobreza, injusticia laboral.

Estaría diciendo que me conformo. Y no, no me conformo. Estaría diciendo que no me importa, y sí me importa.

Entonces tengo que usar la palabra, la imagen y la acción para protestar y para incitar a la rebelión, para explicar a quienquiera oírlo que las cosas no tienen que ser así, que la maldad en cualquiera de sus formas transgrede la libertad.

La palabra rebelión tiene mala reputación en ciertas esferas. Una vez distribuí unos panfletos por internet firmados por Canuto rebelde (en mi país “canuto” es el nombre despectivo que la gente le da a los evangélicos).

Un señor me respondió: “Lo que usted afirma es muy bueno pero lo descalifica la rebeldía. Hermano, la rebeldía no es de Dios”.

Si hay algo que mi cristianismo me dicta es rebelarme contra toda forma de injusticia y de maldad. Si “Dios está airado contra el impío todos los días” es porque la maldad lo enoja. Y a mí debe enojarme lo mismo.

La rebelión no puede ser sólo verbal. Hay que encontrar la forma en que se convierta en acción concreta.

Un nuevo camino

“Tu palabra es una lámpara a mis pies y una luz en mi camino.” Salmos 119:105 (DHH).

Cada persona puede escoger libremente el camino que desea seguir en su vida. En uso de esta libertad, muchos toman rutas que llevan al fracaso y a la perdición. Al encontrarse extraviado sin saber qué hacer o a donde ir, la vida parece que no tiene sentido y todo se opaca alrededor.

Pero la Biblia dice que la Palabra de Dios es una lámpara que nos guía para saber qué camino debemos seguir para nuestro propio bien. Entonces, si te has equivocado o te sientes perdido, es tiempo de cambiar tu destino, lee la Biblia, medita en ella y verás que tu vida tomará un nuevo rumbo en el cual podrás descubrir el propósito que Dios tiene para ti.

Por Giovana Aleman

 

El siguiente crédito, por obligación, es requerido para su uso por otras fuentes: Artículo producido para Radio Cristiana CVCLAVOZ.

Educación y preguntas

“Así, nunca vamos a salir adelante. Sin educación la gente no se hace preguntas: ni por qué vive como vive ni cómo se puede salir de aquí”

(Carlos, guía turístico de Rocinha, citado en un reportaje de La Voz del Interior)

Rocinha es la favela más grande de Sudamérica y una de las más habitadas. Los cálculos de población no son muy precisos pero oscilan entre 50 y 100 mil habitantes.

Está ubicada en medio de dos de los barrios más lujosos de Río de Janeiro. Este hecho subraya la obscena convivencia entre la extrema pobreza de los muchos y la riqueza de unos pocos, marca registrada de América latina.

Mucho se puede decir acerca de esto, empezando por preguntarse: “¿En serio hay gente que va a hacer turismo a una favela?” La miseria como entretenimiento…

En las pocas palabras de Carlos está sugerido un estudio profundo la pobreza en las grandes ciudades, imposible de abordar aquí.

Quisiera referirme a la afirmación “sin educación la gente no se hace preguntas” porque este es un tema que vengo siguiendo hace muchos años.

Efectivamente, la educación es un proceso que abre mundos desconocidos. Pero eso depende de qué tipo de educación se trate.

Hay educación que no libera ni permite preguntas. Es educación que impone, que aliena, que demanda aceptación incondicional. Declara, define, delimita.

Es una educación diseñada para proveer a los grupos dominantes un contingente de personas dóciles, funcionales y en definitiva obedientes.

Serán personas que ingresarán al aceitado y poderoso engranaje de la producción de una riqueza que nunca verán. O de una cultura en la cual serán siempre siervos.

Entonces, ¿cuál es la educación que libera?

Desde muchos ámbitos han venido respuestas y proposiciones que le han dado forma a la educación actual. Los resultados varían pero al final del día el balance es magro y triste.

Lo que está claro es que una educación que libere debería formar personas que resistan las formas de imposición política, económica, social o cultural que predominan hoy.

No serían personas dóciles ni ingenuas. Cuestionarían todo. Promoverían otras formas de hacer las cosas y explorarían otras posibilidades de construcción social.

Siempre surge la pregunta si la educación eficaz tiene que ver con edificios, aparatos, equipos y recursos financieros.

Pero parece que hay que preguntarse otras cosas. Cosas que tengan que ver con la justicia, la libertad, el amor, la igualdad.

Y también preguntarse qué personas son las que pueden impartir una educación de semejante calidad.

Cambiar la historia

Cada hombre es lo que hace con lo que hicieron de él

(Jean Paul Sartre)

Leí recientemente esta frase comentada en un matutino nacional. Creo que hoy Sartre habría tenido que buscar una palabra más correcta políticamente. Tal vez, “persona”.

Me interesan dos aspectos. El primero es que efectivamente somos el resultado de lo que nos enseñaron en la familia, en la escuela, en el trabajo, en la calle, en la iglesia. El otro es que ninguna historia, por más pesada que sea, es irreversible o inevitable. En algún momento es posible que podamos cambiarla.

La tendencia de la mayoría de las personas es seguir el modelo que les fue impuesto. Por comodidad, por no percibir otras opciones o porque el medio es opresivo. Va a ser preciso una experiencia dramática, una suerte de iluminación, alguien que nos muestre y nos abra un camino nuevo para lograr ese cambio. Debe ser un anhelo profundo, una disposición a enfrentar la crítica, el rechazo, el desapego. Algo menos que eso no inspiraría, creo, un acto supremo.

Siguiendo el razonamiento de Sartre, los mismos componentes que nos formaron pueden ser usados para hacer algo distinto. Hay que reexaminarlos, darles otra mirada, hacer una crítica profunda y honesta. Salirse de la baldosa y aprender a bailar en la oscuridad.

Por cierto es un proceso doloroso. Hay cosas que amamos. Hay cosas que nos resulta fácil hacer porque ya estamos acostumbrados y por lo mismo son sencillas de ejecutar. Lo otro requiere desdoblarse, desgajarse, desarraigarse. Quitar una a una las pieles que dieron forma a nuestro ser actual.

¿Por qué hacerlo? ¿Por qué no dejar que las cosas sean como son? Porque tenemos, como ninguna otra cosa en la creación, la opción de la libertad, la posibilidad de la autodeterminación.

La libertad no es gratuita. Siempre tiene un costo. Y es considerada peligrosa para la estabilidad de los sistemas humanos: políticos, económicos, religiosos, culturales. La persona libre puede escapar al control, a la manipulación, al arbitrio de una minoría dominante.

Quizá lo más peligroso de una persona libre es que puede inspirar a otros a seguirle el ejemplo. Por eso los dirigentes del sistema consideran absolutamente necesario neutralizarla a cualquier costo. Y en ello, como ya hemos afirmado aquí antes, las instituciones se han provisto de sutiles y efectivos medios de disuasión, algunos de los cuales no sería posible, ni conveniente, nombrar aquí.

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