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Tiempo de lectura: 2 minutos

La pregunta de cuánto vale el mundo en que vivimos es pertinente en una sociedad que valora más la cantidad que la calidad. Tomemos en cuenta la siguiente línea de una conocida película épica:

¿Vale Roma la vida de un hombre? Una vez lo creímos. Devuélvannos esa fe.

Princesa Lucila, escena final de la película “Gladiador”, estrenada el año 2000

Esta pregunta, hecha por una mujer, interpela a los senadores de Roma, de pie ante el cuerpo caído de Máximo. Con la muerte de Cómodo finalizaba un período de desorden, despilfarro y corrupción y se abría la posibilidad de algo distinto.

¿Cuánto vale el mundo en que vivimos? ¿Valen hoy nuestros países la vida de mujeres y hombres? Así lo creíamos porque no fueron pocas las muertes que costó el nacimiento de nuestras naciones.

Pero con el tiempo la sociedad fue haciéndose más y más presa del pillaje de políticos, grandes poderes económicos y fuerzas sociales.

Un inventario perturbador

Hagamos una lista rápida de las víctimas de esta maldad. Tenemos el crimen, la violencia contra mujeres y niños. Asistimos indolentemente a la explotación de los extranjeros y la marginación de que son víctimas más y más personas. No dejemos de mencionar el narcotráfico, la trata de personas y el terrorismo, entre otras cosas.

Este estado de cosas es el caldo de cultivo para la destrucción finalmente irreversible de cualquier sociedad. Además, nos indica dolorosamente cuánto vale el mundo hoy.

Cambiar un poco para que todo siga igual

Se dice que a grandes males, grandes remedios, porque no parece haber soluciones suaves para el actual orden de cosas. Y lo que es más desalentador: no parece haber un cambio a la vista.

El discurso de la democracia, la república, la nación, el pueblo, la inmensa mayoría, la política de los acuerdos, no son más que recursos de la demagogia a la hora de las votaciones.

Como se ha dicho tan bien, todo cambia un poco para que todo siga igual. Incluso la vida de personas asesinadas no conmueve la apatía de la gente. Porque la conciencia de la gente está aletargada por los medios sociales, la urgencia de la subsistencia y la lucha diaria por la vida en un mundo cada vez más hostil. No hay tiempo ni ganas de reflexionar sobre cuánto vale el mundo y si vale la pena morir por él.

Los perpetradores de los males descritos están sin freno. La justicia misma está diluida en sus fundamentos por la misma maldad y la sociedad entera termina siendo rehén de esas fuerzas arrolladoras.

Los caminos posibles

Lo que elegimos la mayoría de nosotros es encerrarnos aún más en nuestro mundo y en nuestras cosas con la esperanza de que “algo” cambie las cosas. Algunos muchos anhelan la “redención final” y escaparse a los cielos sin importar el desastre quede aquí abajo.

Lo otro sería asociarse, organizarse e intervenir en la historia agresivamente (con todas las posibles implicaciones que dicha palabra puede tener). Eso nos devolvería la fe de que la vida no es un precio irrisorio para transformar la realidad. Eso nos permitiría tomar conciencia de cuánto vale el mundo y por qué hay que pelear por él.


El siguiente crédito, por obligación, se requiere para su uso por otras fuentes: Artículo producido para radio cristiana CVCLAVOZ.

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