Crisis de Coronavirus

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Cuando Julio Numhauser escribió esta canción, tal vez estaba pensando en la permanencia del cambio. He aquí lo único constante:

Cambia el más fino brillante de mano en mano su brillo, cambia el nido el pajarillo, cambia el sentir un amante. Cambia el rumbo el caminante, aunque esto le cause daño, y así como todo cambia, que yo cambie no es extraño.

“Todo cambia”, canción de Julio Numhauser, músico, cantante y compositor chileno

Las cosas que parecían eternas devinieron leve recuerdo. Por eso, es tan aleccionadora la proximidad del fin: le pone perspectiva a todo. Lo que creíamos a pie juntillas era nada más una posibilidad entre tantas otras.

Somos pasajeros, como alguna vez dijo alguien, “a horcajadas en la luz”. Es como si de pronto nos diéramos cuenta que no hay semidioses, aunque a veces así nos sentíamos: dueños de la palabra, del tiempo, de la fuerza creadora.

El tiempo es como el apuntador del teatro que nos recuerda que el acto final está cada vez más próximo y el telón caerá sumarísimamente. Nos otorga perspectiva, porque nos recuerda la permanencia del cambio.

Entonces, ¿qué va a pasar con todo?

¿Qué va a pasar con todo aquello que construimos, que inventamos, que sentimos? ¿Dónde se radicarán definitivamente los recuerdos de la pasión, del hambre, de la búsqueda, del deseo? ¿Cómo nos amigaremos con los registros de la entropía en los huesos, en la sangre, en los nervios?

Tanta primavera, tanta tarde que se fue en llamaradas de oro y de fuego entre las nubes, lluvia, sol, viento y helechos iluminados. Infinidad del viaje, tanta frontera. La inmensidad del desierto, la salvaje pronunciación de las islas, el tóxico de las ciudades.

Lo que pudo ser y no fue. Lo que fue pero no queríamos que fuera. Todo lo que no soñamos y pasó igual. La imposibilidad de la paz perfecta. Porque ahí está, inapelable, la permanencia del cambio.

Esto pienso y declaro

No puedo amigarme con el optimismo de los memes ni con el intento dulzón de los versículos que adornan ideas repetidas. No me despeinan los anuncios de dorados ancianos de pantalones beige y poleras elegantes, canositos ellos, sonrientes y relajados. Detesto la música a todo volumen, la gente que habla a gritos en los cafés.

* * *

Quisiera desconocer la permanencia de la transformación. Entonces, me dormiría profundamente en la plataforma de un camión entre los sacos de cemento, comer pan con tomate, sandía y cocacola. Me gustaría pasar la noche entera bailando “Son of my father” y “Mary had a little lamb”. Y hay tantas otras imágenes de lo que fue (y que queríamos que fuera), de lo que no será jamás.

Los años marrón… El tiempo en la ventana. Las manos un poco temblorosas. La mañana difícil de comenzar. El ocaso de los deseos, al menos en el cuerpo.

La mente que crea, que arde, que palpita, al revés de los tiempos de afuera. Eso, pues: el ser interior que se renueva, etcétera.

Transiciones. La fuerza, la permanencia del cambio.


El siguiente crédito, por obligación, se requiere para su uso por otras fuentes: Artículo producido para radio cristiana CVCLAVOZ.

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