Crisis de Coronavirus

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“El pájaro canta hasta morir” (The Thorn Birds) es una novela de la escritora australiana Colleen McCulloug y hoy quiero referirme al concepto, no a la obra literaria. Para iniciar esta nota, me permitiré dos citas. La primera:

Cuando se aproxima el final de su vida, el cisne canta mejor, y más fuerte; y así, cantando, él acaba su vida.

Bestiario toscano, (textos de carácter didáctico y moralizante, ampliamente conocidos en los siglos XIV y XV en la Toscana)

La segunda cita es la siguiente:

Así yo distingo dicha de quebranto, los dos materiales que forman mi canto, y el canto de ustedes que es el mismo canto, y el canto de todos que es mi propio canto.

Gracias a la vida, canción de Violeta Parra (1966)

Cantar hasta morir

Se dice en mi país que el que nace chicharra (o cigarra) muere cantando. Y eso, pienso, me describe. Soy el pájaro que canta hasta morir. No tengo paz en la palabra; en la vida sí, pero no en la palabra. Tengo, cada vez más, urgencia de decir.

No tengo un discurso agradable para los oídos de la inmensa mayoría. Me pasa lo que a los viejos maestros  de la serie “La Directora” (The Chair) de Netflix.

No tengo más paciencia para una masa creciente  de personas que se satisfacen con discursos centenarios, propaganda , redes sociales y Cyber Mondays.

He intentado dejar el canto y largarme a Tenaún (Isla Grande de Chiloé). Me provoca irme a vivir con Pilo y Dalva y dedicarme a cultivar papas, mariscar y traducir para turistas europeos que buscan aventuras australes.

En un tiempo bastante oscuro tenía la fantasía de irme a una montaña de nieves eternas y meterme en una cueva a morir de frío; eso me parecía menos violento que otras extinciones.

Pero me volvió a convocar esta frase: el pájaro canta hasta morir. Así que aquí estaré, hasta que me despidan o mi voz se apague en alguna discreta esquina del tiempo.

El canto de todos

Por mucho tiempo pensé que mi canto era una palabra perdida, una auténtica voz en el desierto.

Pero con el tiempo me fui dando cuenta, en diálogos laterales, de pasillo o de café que mi canto era el canto de muchos. Eran los amigos de la dispersión o la diáspora institucional.

Gente querida que carga con el estigma del desanclaje y de la deconstrucción.

Era un canto común, el de nosotros. El de los desprendidos del sistema que es un número enorme. Por ello, en acompañamiento humilde, el pájaro canta hasta morir:

Y seguí cantando, cantando al sol como la cigarra, después de un año bajo la tierra, igual que sobreviviente que vuelve de la guerra.

La cigarra, huapango original del compositor mexicano Raymundo Pérez y Soto

Para finalizar…

No cantaré más de los entresijos institucionales ni sobre sus andares. Demasiado les molesta me doy cuenta y yo quiero vivir lo que me queda en paz. Me propongo no nombrarles más por su nombre de pila y, casi seguro, no me ocuparé más de sus intocables asuntos (el que lee, entienda).

Por mi parte, amigas y amigos, el pájaro canta hasta morir.

Aunque su canto sea otro.


El siguiente crédito, por obligación, se requiere para su uso por otras fuentes: Artículo producido para radio cristiana CVCLAVOZ.

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